Otra atroz mentira del correísmo sobre Moreno

El correísmo y aquellos que fueron sus aliados acusan al Presidente, entre otras cosas, de haber canjeado la malhadada revolución ciudadana por un proyecto empresarial. Las pruebas: que hay en el gabinete ministros como Richard Martínez -ex dirigente empresarial- y otros ministros, como Pablo Campana y Jorge Aurelio Hidalgo, del sector privado.

La acusación es, por supuesto, eminentemente política y busca desprestigiar el gobierno de Lenín Moreno. En las circunstancias que vive el país, muchos desearían que esa acusación encerrara un alta dosis de verdad. Eso significaría que el actual gobierno está orientado por una visión, tiene objetivos dignos de ser apuntalados o criticados y está apoyado por una masa crítica, poderosa y organizada, como es el sector empresarial. Significaría, en definitiva, que el país tiene una ruta trazada.

Eso no existe y los correístas, fieles a sus falacias, vuelven a ver una refinería donde solo hay un terreno aplanado. No hay un gobierno empresarial por una sencilla razón: el empresariado no tiene un proyecto de país. Hay empresarios y hay políticos que tienen su apoyo. Hay empresarios con preocupaciones políticas. Y empresarios que, frente a los gobiernos, corren carpeta bajo el brazo a decirles lo que tienen que hacer. Hay empresarios organizados en cámaras, pendientes de sus asuntos y asesorados por ejecutivos preparados que conocen cómo funciona la administración y cuáles son los teléfonos directos de los funcionarios de turno. Todo eso hay. También hay empresarios, muy pocos, capaces de mirar más allá de sus negocios y preocupados genuinamente por los asuntos públicos y el destino de la sociedad. Pero ni son mayoría ni inciden en forma significativa en este gobierno.

Hablar de un proyecto empresarial es otro embuste correísta. Por otra razón todavía más evidente: los empresarios, así en general, no saben qué país quieren. No lo han pensado. No lo han diseñado. No hace parte de sus preocupaciones esenciales. No han salido de esa cultura en la cual se dice y se reitera que lo importante para ellos son sus negocios. Que dan empleo. Que tienen programas sociales para sus trabajadores. Que lo más sensato es defender sus intereses, así les critiquen por aupar una visión corporativa que hace de sus cámaras meros grupos de presión. Defensores irredentos del statu quo.

Si este gobierno fuera servidor de un proyecto empresarial (que solo podría existir si hubiera empresarios conscientes de qué país quieren), no habría el vacío de certezas que hay en este momento. Habría una masa crítica, interesada y movilizada, alrededor de la conciencia de lo que significó la década autoritaria y la necesidad de pagar la voluminosa factura heredada, que administra este gobierno. Seguramente habrían pesado para que el gobierno haga un acuerdo nacional con énfasis en el empleo, la salud fiscal, la Seguridad Social, la seguridad y la reinstitucionalización democrática. Si de verdad hubiera empresarios deseosos de orientar el Estado y las políticas públicas jamás hubieran plegado a los pedidos irracionales de políticos populistas que se oponen a bajar los subsidios a los grupos económicos poderosos que aseguran la operación de sus negocios privados con plata del erario. Es más: esos empresarios, lejos de apoyar esas lógicas populistas, las denunciarían por inspirar leyes y proyectos que resultan tan nocivos como insostenibles.

No, no hay un proyecto empresarial en el gobierno, porque no hay un proyecto empresarial en Ecuador. No hay elites ni masa crítica con poder que integre entre sus preocupaciones la esfera pública, el interés general, el destino colectivo. Hay un vacío que el gobierno disimula mientras cede a los grupos de presión y prepara un acuerdo nacional que, por lo que se sabe, será otro saludo a la bandera. Porque si el Presidente Moreno de verdad quisiera dar un norte a la sociedad tendría que dejar de hablar de acuerdos para el 2030 y encerrar a los políticos  (a Lasso, a Nebot…) hasta que firmen un acuerdo mínimo al estilo del que se dio en La Moncloa. O el que se obtuvo en Cusín y viabilizó, interna y políticamente, el acuerdo de paz con el Perú. Un acuerdo para enfrentar las realidades y los déficits actuales.

Este no es un gobierno empresarial. Es un gobierno débil y sin norte, el gobierno de un país inconsciente de sus realidades, sin elites, sin empresarios, sin opinión pública… Un país de grupos de interés que, al estilo de los taxistas, quieren que el Estado les dé la herramienta de trabajo (una aplicación), les garantice el negocio y saque del mercado a su competencia (Uber y Cabify). Un país donde políticos con posibilidad de poder presidencial, como Jaime Nebot, defiende que la sociedad subsidie negocios millonarios como la industria camaronera, permite que gente de su partido haga campaña para crear nuevos subsidios (regalar energía por ejemplo), solo habla de Guayaquil y no dice cómo encarar los problemas actuales del conjunto del país. Pero, en cambio, sataniza cualquier acuerdo con el Fondo Monetario Internacional.

Lo dicho: los correístas siguen mintiendo. Atrozmente. Siguen viendo proyectos empresariales donde solo hay desiertos. (José Hernández – 4 Pelagatos)

Foto: Presidencia de la República. 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *