Redes sociales, adolescencia y soledad

Parece extraño encontrar estas palabras en la misma línea. La adolescencia es la etapa en la que el ser humano es capaz de descubrir el mundo más allá de su entorno original; es la oportunidad de explorar la mente, analizar los sentimientos y, ayudado por el desarrollo de una capacidad intelectual cada vez más aguda, compartir vivencias con sus pares en un nivel cada vez más enriquecedor. En este contexto se pensaría que, con el advenimiento y proliferación de instrumentos, programas digitales y conocimientos tecnológicos en un nivel inimaginable para la generación anterior, los adolescentes del presente deberían estar viviendo su época de oro. Muy lamentablemente la realidad es otra.

La misma maravilla electrónica que permite la comunicación instantánea con quien sea, cuando sea y donde sea, está haciendo que el adolescente se recluya en su cuarto, se relacione mayormente con amigos de pantalla o de texto (un gran porcentaje a niveles adictivos), comparta muy escaso tiempo con familia y amigos físicos (esta interacción decayó 40% entre 2000 y 2015), y poco a poco se convierta en una persona aislada, con menos recursos sociales, un lenguaje cada vez más reducido y deformado y una visión demasiado limitada del mundo real.

Es una generación que depende exageradamente de las redes sociales, de la imagen (a menudo maquillada) que proyectan a, y reciben de, gente que realmente no conocen, y de quienes esperan una calificación favorable (likes) para sentir que valen algo.

Si un evento no está documentado con fotos y selfies, es como si no hubiera ocurrido, y cada vez es necesario hacer (o inventar) cosas más llamativas para sentir que sus vidas van a ser tomadas en cuenta.

Cuando esta aprobación no se obtiene, o si se siente ignorado por el grupo, la probabilidad de sufrir en su autoestima y entrar en depresión es alta porque sus otras salidas están cerradas (sus vínculos con el mundo real fueron debilitándose y desapareciendo). Tal vez uno de los comportamientos más extraños, y símbolo extremo de la soledad, es ‘seguir’ en las redes a alguien y ‘vivir’ su vida como si fuera la propia.

Las redes deben servir como una forma de mantenerse en contacto con amigos actuales, revivir amistades de antaño y conocer gente con gustos afines, siempre como antesala de la interacción social cara a cara. (Diario El Universo)

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