Diana Atamaint se extravió en el ajedrez de Almagro

El dilema de si la OEA estará en los comicios del 24 de marzo, como veedora, ha servido para que Diana Atamaint, presidente del CNE, meta la pata. En el desencuentro con la Organización de Estados Americanos, OEA, liderada por Luis Almagro hay capítulos públicos y secretos en los cuales la sombra del correísmo tiene una incidencia directa. En el trasfondo se encuentra la relación privilegiada que estableció Almagro con Rafael Correa por motivos políticos y estratégicos. Almagro, para su lucha sin cuartel contra Nicolás Maduro y la dictadura venezolana, armó, como aficionado al ajedrez que es, un tablero continental en el cual ubicó enemigos, amigos y aliados. Lo mismo trató de hacer en el Frente Amplio en Uruguay, al cual pertenecía y del cual fue, finalmente, expulsado el año pasado por sus críticas y acciones contra la dictadura venezolana.

En su juego, Almagro consideró a Correa como un mal menor y, por eso, lo excluyó de sus acciones y críticas. Esa posición la mantuvo tras la salida de Correa del gobierno y, en los hechos, esto afectó seriamente su relación y la de la OEA con el gobierno de Lenín Moreno. Almagro mueve sus fichas en Washington y, en su estrategia, su actitud resulta incomprensible en Ecuador. Sobre todo a la luz de las nuevas circunstancias políticas. Pero así es Almagro: sigue apoyando a Correa

Se notó en el informe que hizo la misión Electoral de Estados Americanos que vino como observadora a la consulta popular del 4 febrero de 2018. En su documento, de 81 páginas, esa misión registró un hecho inaudito: que la Corte Constitucional no emitió un dictamen en el cual se incluyera el control de constitucionalidad sobre los temas de la consulta. Por supuesto que esa misión sabía que la Ley de Garantías Jurisdiccionales prevé que si la Corte Constitucional no calificaba en 20 días las preguntas, se daba por entendido que su dictamen era favorable. Esa visión se entendió en Carondelet de la única forma posible: como un espaldarazo a los cuestionamientos hechos por el correísmo. En los hechos, esa misión se centró más en esos procedimientos que en su desarrollo electoral de la consulta sobre el cual no hizo observaciones sustanciales.

El mayor impasse entre Moreno y la OEA llegó en septiembre del año pasado cuando Correa montó un show en la Corte Nacional pensando evitar su vinculación penal con el caso Balda. 4P. contó quiénes conformaron esa impresentable misión internacional de observación. La OEA cometió un error garrafal al permitir que se unan, a esos abogados, enviados suyos. Un error que, al parecer, fue reconocido internamente y que la obligó a bajar el nivel de confrontación diplomático. Esta confrontación no depende solamente del juego estratégico de Almagro sino de los funcionarios de los gobiernos del Siglo XXI y sus aliados que siguen en la OEA en Washington. No solo usan sus cargos para desestabilizar a Moreno. Usan la sigla de la OEA. Y los casos en los que está metido Correa o defendidos suyos como Julian Assange. Si se suma que Juan Pablo Pozo, condecorado por Correa, trabaja precisamente como “consultor al equipo técnico-político de la OEA”, se entiende por qué el cuadro de la relación de Ecuador con la OEA es severamente tenso.

Moreno y su gobierno marcaron puntos tras la metida de pata de la OEA en la Corte Nacional. Entonces hubo voces de lado y lado que militaban en favor de una transacción honrosa sobre la observación electoral en las elecciones del 24 de marzo: que en vez de la misión de la OEA viniera el Centro de Asesoría y Promoción Electoral, CAPEL, que hace parte del Instituto Interamericano de Derechos Humanos.

¿Diana Atamaint conocía este juego de carpintería entre Ecuador y la OEA? No parece si se juzga por la forma en que entró al juego. En vez de bisturí blandió un machete: acusó a la OEA de no haber respetado el reglamento del CNE en la consulta y de no haber observado las elecciones sino el proceso previo. Otros cambios anunció la presidenta del CNE: no poder entrevistar a los “funcionarios del CNE, autoridades nacionales, dirigentes de partidos y candidatos”. Y no poder reportar controversias posibles durante los comicios electorales.

Atamaint se compró una polémica innecesaria, la planteó en los peores términos y permitió a los funcionarios de la OEA llevar el agua a su molino. Según ellos, ahora sí han entendido por qué el CNE no quiere invitarlos (así obvian los impasses creados por su defensa a ultranza de Correa), tienen motivos para cuestionar el cambio de reglamento y dejar planear las peores dudas sobre las intenciones del CNE. Los amigos de Almagro se deshicieron del balón y lo pasaron a Diana Atamaint cuando, en realidad, la OEA (como planteó el Consejero Luis Verdesoto) debería dar explicaciones al Ecuador sobre su actitud parcializada en los procesos electorales anteriores. Y comprometerse con la actual democracia.

Diana Atamaint se perdió en el ajedrez de Almagro. Le tocó desdecirse y jurar que no ha prohibido a los observadores electorales entrevistar a quien deseen. También se extravió en explicaciones tortuosas sobre si las elecciones no requieren, por ser seccionales, la misión de la ONU sino la de CAPEL, una entidad técnica de la OEA. El hecho cierto se resume en dos líneas: Almagro juega en las grandes ligas contra Maduro, para ello usó a Correa, lo volvió aliado y, en esa lógica, sacrificó a Lenín Moreno. En ese pantano están las relaciones del Ecuador con la OEA. (José Hernández – 4 Pelagatos)

Foto: Consejo Nacional Electoral. 

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