El daño tapado del correísmo

Ecuador sin haber pasado por el comunismo cuenta entre sus pasivos los rezagos producidos por esa ideología. La parcialidad ante los hechos del 30A en Caracas es apenas la última manifestación de correístas y morenistas, unidos otra vez en la Asamblea Nacional, para desconocer la resistencia venezolana y apoyar así abiertamente la dictadura de Maduro. José Mujica, el expresidente de Uruguay, completó el cuadro de esa izquierda latinoamericana que se dice progresista pero que es devota del catecismo marxista-leninista. Mujica dijo que no había que ponerse ante las tanquetas (que embistieron a manifestantes en Venezuela) y que quien sale a la calle, se expone. Su alternativa es someterse a la dictadura, que esta vez es de su bando.

Jean François Revel, un intelectual francés, describió en 1988, en un espléndido ensayo, titulado El conocimiento inútil, la confluencia entre ideología y desinformación. Su conclusión es lapidaria: la primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira. Y los comunistas la convirtieron en un sistema de gobierno y de vida.

Ni el informe de Nikita Kruschev, en 1956, ni la caída del Muro de Berlín, en 1989, erosionaron aquí, en forma significativa, esa ideología que la vieja izquierda aún pasea, con sus mitos y fantasmas, en las manifestaciones del 1 de Mayo. Esa ideología está tan inquietantemente viva aquí, en algunos sectores, que Rafael Correa no tuvo que hacer mucho esfuerzo para colarse en ella, usar su liturgia, visión, sentido de la historia y capacidad para manipular, mentir y fabricar verdades.

No se ha sopesado, con la gravedad que entraña, el daño hecho en este punto por Correa y los suyos: el correísmo no se construye cotejando los hechos de la realidad y las premisas que nutren el sentido común, se articula fantasiosamente con la lógica que movió a los viejos partidos comunistas: como un ente poseedor de una visión que lo explica todo y dispensador de gratificaciones simbólicas, superioridad moral y una verdad garantizada.

El informe Kruschev llevó a los creyentes de los partidos comunistas a confrontar con sus líderes por haberlos engañado: los correístas-morenistas no lo han hecho, creen en Castro, en Maduro o en Correa. Les creen como seres superiores ante los cuales ceden, se autocensuran, se someten y abdican. Desde Fander Falconí hasta las feministas de AP dieron pruebas fehacientes de plegarse, humillarse y rebajarse ante el líder. Todos atrofiaron su sentido de la duda y asumieron como un acto de fe su relación con el partido y con el líder. Todos se apropiaron, cargándolas de violencia y descalificación, de palabras maniqueas para relacionarse con el mundo: radiante y épico en su caso; perverso y miserable en el de sus contrincantes.

Todos sabían que su poder, su posición y sus privilegios eran proporcionales al celo demostrado. Todos admitieron que la historia en construcción no está relacionada con la realidad de los hechos sino con la representación de lo que el poder debía ser. Por eso falsificaron documentos y reinterpretaron sus acciones.

Todos erigieron la manipulación en sistema y quisieron domesticar en los ciudadanos la facultad de percibir y de pensar por sí mismos. Pocos, apenas un puñado, reconocen haber vivido una locura colectiva y una histeria ideológica que quisieron anclar como normal para todos.

Esos ciudadanos no han vivido bajo la férula de partido comunista alguno: son simplemente producto del correísmo. Esos ciudadanos ahora quieren, ante la dictadura de Maduro, legitimar el terror. (José Hernández – Diario Expreso)

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