¿Y quién se hace cargo del gobierno?

Un presidente con una popularidad por el piso. 0,2% de crecimiento económico este año. Un gobierno que no sabe cómo encarar el déficit fiscal ni las cifras en rojo del desempleo… El panorama indica que el Ejecutivo debe operar un urgente viraje. En claro, debe decir al país qué piensa hacer en los 22 meses que le quedan.

El problema empieza cuando se pregunta quién debe dar esas respuestas. El Presidente, por supuesto. Pero el Presidente no habla al país de estas cosas. ¿El Vicepresidente? Tampoco él. Está ocupado pensando en el futuro y en su futuro. ¿María Paula Romo, ministra de la política? Ella también paga tributo a los mecanismos de toma de decisión ideado por este gobierno: la mesa chica, que es el anillo político más cercano al Presidente, toma decisiones por consenso. Esto lleva, en la realidad, a esas fuerzas a neutralizarse y a vivir empeñadas en que nada se mueva. Juan Sebastián Roldán llegó para, entre otras cosas, dar voz a un gobierno mudo. Ahora desapareció. José Augusto Briones se refugió en un papel de administrador sin perfil público alguno. Y no aparece.

¿Quién queda? Santiago Cuesta. El amigo íntimo del presidente, hombre frentero, insultador público cuando se le antoja, con grandes encargos y sin responsabilidad administrativa alguna. Es consejero presidencial y no responde ante ningún organismo del Estado.

4Pelagatos, interesado en que el país, angustiado e incierto, según los sondeos, tenga respuestas sobre lo que pasará en estos 22 meses que quedan a Moreno, invitó a Santiago Cuesta a su foro mensual. Intento fallido. Santiago Cuesta se limitó a lo suyo. Lo cual muestra dos cosas: que el gobierno no es consciente de que en la situación actual requiere suministrar respuestas. Y que es absolutamente cierto que este gobierno sufre del síndrome de un igualitarismo atroz que hace que cada personaje, por cercano que sea a Lenín Moreno, cuide sus espacios y solo se ocupe de la parcela que le han confiado. La pregunta que sigue es entonces: ¿Quién responde por el gobierno? ¿Quién es su vocero? Y si Lenín Moreno no habla y su vicepresidente anda enredado en un show que aparenta que el país se pone de acuerdo sobre mil y una cosa, cuando no responde sobre lo esencial, ¿a quién hay que preguntar?

El problema se multiplica. No solo no hay quien suministre las respuestas sobre el momento que vive el país. Hay que admitir que el gobierno o no es consciente de su silencio o sencillamente no sabe qué decir. En todo caso, el Presidente y su equipo están algunos pasos atrás de la realidad y de las preocupaciones de sus mandantes.

Ese panorama retrata a los actores, el papel que atribuyen a este gobierno, su sentido del tiempo político, los guiones que se han atribuido, los mecanismos de gestión que se han dado y, claro, y sobre todo, el liderazgo que ejerce (o no ejerce) el Presidente. En estas inquietudes radica el fondo de lo que ya se puede llamar el desfase, que ya es un drama, del gobierno Moreno. No en la comunicación como se oye al Presidente y a Santiago Cuesta. El consejero también dijo en el foro que no comunican suficientemente las cosas que hacen. ¿Acaso que el problema está en la inauguración de algunas obras y el monto de los bonos repartidos? ¿O está en a ausencia de rumbo trazado por el gobierno, sus prioridades (pocas) y su capacidad para producir esos resultados anunciados?

El gobierno paga la cuenta de un proceso político que se acumuló  sin que haya tenido las agallas de procesarlo enteramente. El primer año se consagró a poner distancia del régimen correísta y a desentrañar, ante la opinión, las cuentas reales de lo que significaba no haber recibido la mesa servida. La opinión premió a Lenín Moreno por las rupturas efectuadas, como quedó demostrado en sus cifras de aceptación popular. El segundo año lo dedicó a la economía, pero no varió su relato político. Resultado: las medidas de ajuste licuaron su popularidad y el gobierno, que nunca admitió ser una administración de transición ni circunscribió sus tareas, pedaleó políticamente en el vacío. Ahora encara las consecuencias de tareas económicas heredadas del correísmo, sin discurso político alguno. Y curiosamente, aunque el momento siga siendo económico, el gobierno no sabe cómo explicarlo ni qué sentido darle. Su situación se agrava porque, al no haberse asumido como gobierno de transición, el país lo ve como un gobierno normal que, sin plata, debe responder por todo.

No parece que todo esto se solucione con propaganda.

Fuente: 4P. 

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