¡A la salud de los 40 años de democracia ecuatoriana!

A pocos días de que Ecuador cumpla cuarenta años del retorno al régimen democrático, es triste constatar que prácticamente no existen reflexiones al respecto. Desde las instancias oficiales, el silencio es elocuente. En la esfera privada pasa algo similar. Las universidades, mutis por el foro. Los medios de comunicación, limitados a otorgar esporádicos espacios al tema. La sociedad en general, indiferente. Peor aún, desde algunos sectores se minimiza e incluso cuestionando la valía del hecho histórico. En resumen, da la impresión de que no dimensionamos la trascendencia de estos cuarenta años de democracia, el período más largo de vigencia de este régimen desde que Ecuador es república. En un país acostumbrado a observar el medio vaso vacío, un ligero repaso de lo acontecido en las cuatro décadas previas debería dejarnos un mensaje esperanzador, aunque no exento de un listado de temas que constituyen los desafíos nacionales hacia futuro.

Por ejemplo, entre 1979 y 2019, la representación indígena en los distintos escenarios de toma de decisión política varió ostensiblemente. De una ausencia prácticamente absoluta en la legislatura, los gabinetes ministeriales o los gobiernos seccionales a inicios de la década de los ochenta, a la fecha tenemos un país en el que esta minoría y otras han alcanzado espacios clave y decisivos. Cierto es que lo conseguido es fruto de las luchas reivindicativas plasmadas en la movilización de 1990; sin embargo, sin democracia cualquier intento habría concluido en represión y negación de sus derechos. Lo mismo sucede en el caso de las mujeres. Aunque aún hay mucho por hacer, la presencia femenina en la política, la economía y en general en la vida pública, ahora es mucho mayor que hace cuarenta años. Sin democracia sus derechos pudieron ser aún más conculcados y sus reivindicaciones minimizadas.

Algo similar ocurre en el plano institucional. Ecuador ha vivido procesos eleccionarios libres, transparentes y competitivos. La posibilidad de que mi candidato pierda siempre ha estado presente y esa es, precisamente, la esencia de la democracia: la incertidumbre respecto a quién alcanzará el cargo. No sólo eso. A lo largo de los cuatro decenios, la representación política fruto del voto universal dejó de ser patrimonio de las aristocracias o las oligarquías. Afortunadamente, hoy por hoy, las clases medias y los sectores populares acceden a espacios políticos de influencia y ejercen poder político. Sin democracia, esa opción es simplemente inviable. Igualmente inviable es la posibilidad de expresar los desacuerdos frente al gobierno en ausencia de democracia. Huelgas, movilizaciones, paros y protestas, han estado a la orden del día y allí se han expresado también las diversidades propias de la convivencia al amparo de la democracia liberal republicana.

Altibajos han existido, desde luego. La estoica lucha de diversos sectores frente a las intentonas autoritarias de la década pasada dan cuenta de ello. Las turbulencias políticas y económicas de los años noventa también son parte de esos momentos difíciles para la democracia. Sin embargo, de tales escenarios es posible aprender y de allí surge una lección fundamental para el país: echar presidentes no es una buena idea pues, aunque parezca paradójico, quienes resultan más afectados son los sectores económicamente más deprimidos. En efecto, la inestabilidad política y económica siempre encuentra sus mayores víctimas entre la población más vulnerable y, en lo de fondo, no cambia los problemas que llevaron al poco argumentado y peligroso “que se vayan todos”.

Como toda labor humana, la democracia es un proceso perfectible y siempre mejor a cualquier otra forma de gobierno. En el caso ecuatoriano, hay tareas por cumplir y estos cuarenta años de régimen democrático deben servir como punto de partida para alcanzar acuerdos mínimos en torno a una agenda por los siguientes cuarenta años. Reducir las desigualdades económicas y sociales es uno de los retos. La convivencia a partir de las diferencias y en función de la tolerancia política es otro. Propiciar una educación, formal e informal, que haga del ecuatoriano promedio más ciudadano, conocedor de sus derechos pero a la vez responsable por sus obligaciones cívicas, es un desafío adicional que el país tiene por delante. El medio ambiente, el combate a la corrupción y la noción de que no existe democracia sostenible sin partidos políticos sólidos, son otras de las tareas a los que necesariamente nos vemos acometidos en el futuro inmediato.

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Cuarenta años de democracia es mucho y debe ser motivo de reflexión y debate. Si bien las cuatro décadas vividas nos dejan muchísimos temas en los que trabajar, también heredamos de allí la presencia de un régimen en el que las libertades priman y son el eje del progreso. Cierto es que han existido momentos grises, pero hay que ser conscientes de que estos altibajos suceden aún en las democracias más consolidadas. Al respecto, basta ver lo que sucede hoy por hoy en Francia o Estados Unidos. También es cierto que han existido gobernantes y ciudadanos que no creen en el régimen democrático y prefieren el autoritarismo venezolano o cubano. Sin embargo, y precisamente en contra de esos rezagos despóticos que aún quedan en el país, la mejor forma de atacarlos es incrementando las libertades, luchando por una sociedad menos desigual y rechazando abiertamente cualquier conducta que afecta los intereses superiores del país. ¡Salud por estos cuarenta años de democracia en Ecuador y salud por los cuarenta que están por venir!. (Santiago Basabe – 4 Pelagatos)

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