Correa devorado por sus propios demonios

Esta fotografía ha causado cierto furor en redes sociales. Rafael Correa aparece en el centro, en medio de una pareja que posa en forma desprevenida en la Grand Place de Bruselas. Ellos sonríen. Correa tiene la frente fruncida y los pómulos tensos.

La fotografía fue hecha para mostrar al ex presidente. Para exhibirlo. Nadie preguntará por la morfología de la fotografía. Por su composición, sus ángulos, su luz, su encuadre, su contexto estético. Quien la tomó sabe que esa fotografía tiene un contenido político. La escena captada implica significados y, por supuesto, suscita interpretaciones. Ese encuentro, congelado en esa fotografía, es una imagen figurativa y, a la vez, la representación psicológica de un personaje que por ser tan conocido, reclama ser visto de cerca. Ser escudriñado.

Correa no está bien. Su cuerpo revela su estado interior dominado por arrebatos, demonios y fantasmas. Aquí aparece absorto, distante, ensimismado. Está ahí, en Bélgica, pero como diría Julio Cortázar vive en el andén de enfrente: sigue al dedillo lo que pasa en Ecuador, lo que se escribe, lo que se opina en las redes sociales, lo que se muestra en la televisión.

Correa no se fue de Ecuador, porque nunca se vio fuera del poder. Porque su proyecto era quedarse, hacerse eterno, inmortalizarse. La fotografía habla de un personaje que rumia, desgarrado entre sueños y pesadillas, ido de la realidad que lo atrapó sin alertarlo. La fotografía lo muestra meditabundo y profundamente solo. Solo de soledad y solo de la soledad que conlleva el poder absoluto. Solo de esa soledad descrita por García Márquez en “El otoño del patriarca”. Sin nadie que le acolite mentiras, engaños, coartadas, fraudes, montajes… Todo lo que hizo su aparato de propaganda para hacerlo sentir principio y fin de todas las cosas.

Claro, Correa no llegó a ser un dictador. Pero alcanzó a ser un caudillo autoritario. Un hombre que tuvo todo, que dispuso de todo, que acaparó todo el poder. Ese es el hombre que hoy luce ahí, en la Plaza Grande de Bruselas, solo, descompuesto, absorto.

Es imposible verlo así y no pensar en el destino de esos viejos dictadores descritos, además de García Márquez, por Miguel Ángel Asturias (El señor presidente), Mario Vargas Llosa (La fiesta del chivo), Augusto Roa Bastos (Yo el supremo)… Seres perdidos en teatros de sombras, rodeados por recuerdos envolventes y espectros dantescos; por recuerdos melancólicos y nostalgias inconmensurables.

Correa está solo y lo sabe. Solo de esa soledad incluso familiar que su hermano hizo evidente en un tuit que arde los ojos leer. Fabricio lo saca de esos espamos de propaganda que cultiva, le dice que no está resentido sino decepcionado. Y habla de la vergüenza que les produce, a él y a su familia, tener otro Correa encausado criminalmente. Nada le queda al expresidente comparado hoy con los malos pasos de su padre. Ni siquiera la familia; último reducto para cualquier alma perdida. Lo tuvo todo y lo perdió todo. En su afán de cruzado, Correa hace pensar a Calvino, perfilado por Stefan Zweig. Ese personaje poseído, privado de todos los atributos humanos salvo el deseo de tener todo el poder para controlar, vigilar y castigar a sus contemporáneos. Correa luce hoy como un ser vaciado de su humanidad, solo y dedicado a rumiar odios profundos y arreglos de cuentas imperecederos.

No solo está solo. Sabe que no puede volver. Y que si lo hace será incapaz de refrenar sus rencores y sus inquinas. Se sabe peligroso y en peligro. La fotografía lo muestra como un ser atrapado. Sin su herramienta preferida: el control. Y sin futuro inmediato: sabe que escriba lo que escriba, diga lo que diga, tiene ante sí un desierto por el cual tendrá que transitar largos años. Y Correa no es paciente. Es un ser devorado por sus propios demonios.

La foto, esa foto que lo muestra en el centro, en medio de un pareja que sonríe, dice tanto de Correa que bien vale la pena escudriñarla. Es el documento de una vida que, en su afán de controlarlo todo -el poder, el dinero, la vida de los otros-, y controlar todo a cualquier precio, termina en lo que esa fotografía revela: un ser infeliz.

Foto: cuenta particular de twitter.

Fabricio Correa nos escribe: Muy buen artículo el de la foto! Sólo una precisión: Rafael no ha «perdido todo» porque no ha perdido a su familia, como Ud. afirma… Que nos avergüence (como los alcohólicos, como los drogadictos…) no significa que lo hayamos dejado de querer! El día en que su suerte nos resulte indiferente, allí nos habrá perdido. Mientras, estamos a la espera de que se arrepienta y vuelva para, como el papá del Hijo Pródigo, salir corriendo a su encuentro! Haga conocer esto también, por favor!. (José Hernández – 4 Pelagatos)

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