Derecha corporativa e izquierda troglodita: el bloqueo de 40 años

El Ecuador fue vanguardia en recuperar el sistema constitucional y vanguardia en hacerlo mediante un acuerdo entre civiles y militares. En el retorno a la democracia formal, el Ecuador fue primero y luego vinieron procesos similares en otros países latinoamericanos. No obstante, está en la cola, junto con Venezuela y Nicaragua, en ejecutar reformas estructurales que han llevado a otras economías a crecer sostenidamente, crear riqueza y mejorar las condiciones de vida de la gente. En realidad, ya las cifras lo muestran, el crecimiento o decrecimiento económico en estos 40 años han estado atados al aumento o descenso de precios del petróleo, alrededor del que ha funcionado la economía, ligada al gasto estatal y al efecto en el consumo. En los 90, en las que hoy son economías de mejor desempeño, se redujo el rol del Estado, se privatizaron obras y servicios públicos, se abrieron los mercados, se promovió un ambiente estable para la inversión y un fortalecimiento de las instituciones que garantizan la propiedad privada y el respeto a los contratos.

Tempranamente, al retorno al sistema constitucional civil, surgió una derecha corporativa. Una expresión política de un empresariado surgido por las protecciones y subsidios del modelo cepalino impulsado por la dictadura militar, que mostró su férrea decisión a mantener los controles de los resortes estatales de poder. La izquierda estalinista, en el otro extremo, terminada la represión de la dictadura, enarboló las banderas de la lucha de clases y de la guerra fría. Los polos se atraen y eso sucedió cuando en conjunción, la izquierda estalinista en los sindicatos y la  derecha corportativa en las cámaras, promovieron, en 1983, una poderosa huelga general de varios días en oposición al ajuste económico decidido por el gobierno del presidente Hurtado, quien tuvo que forzar a los usufructuarios de la renta petrolera a entender que la fiesta había terminado.

Esta alianza fáctica entre la derecha corporativa y la izquierda estalinista ha sostenido el bloqueo a modernizar estructuralmente la economía y a impedir que se reduzca de tamaño del Estado. Unos y otros, por intereses o dogmas, han mantenido al Estado como empresario y fuente de gasto clientelar. Muchos creen, en contraposición a la realidad, que el gobierno del presidente Febres Cordero impulsó políticas liberales. Eso habría sido lo obvio por su proximidad al gobierno del presidente Reagan quien, en conjunto con la primera ministra Tatcher, promovió líneas de políticas que luego fueron sintetizadas por un economista británico bajo la denominación de Consenso de Washington. No; al contrario, el alto gasto se mantuvo, no se privatizó ningún activo estatal, sostuvo precios políticos y heredó un elevado déficit fiscal. Y para atender los intereses que representaba, modificó la sucretización realizada en el gobierno precedente: eliminó el cobro de intereses de mercado y la tasa de riesgo cambiario.

A final de los 80, cayó el muro de Berlín, pero la izquierda local mantuvo intactos sus dogmas. Era la época del gobierno del presidente Borja, en el que, paradójicamente por su carácter socialdemócrata, se promovieron los únicos cambios estructurales que se pudieron efectuar en estos 40 años: por gestión del entonces ministro Jorge Gallardo, se desarmó en parte el proteccionismo arancelario y se reestructuró el sistema tributario. Al mismo tiempo se hizo una reforma laboral que flexibilizó la contratación y redujo radicalmente la conflictividad.

En el gobierno del presidente Durán Ballén, el bloqueo y acoso político de la derecha corporativa y de la izquierda dogmática impidieron la consumación del intento de modificar esencialmente el rol del Estado. Reducir su tamaño, transferir las empresas públicas al sector privado, racionalizar los controles; fue un esfuerzo truncado. Entre la derecha que boicoteó las privatizaciones porque estaba fuera de sus manos y la izquierda que lo hizo por haber perdido del control ejercido a través de los que eran poderosos sindicatos públicos, el País perdió la oportunidad de encauzarse, como lo hicieron otros países, en la ruta certera del desarrollo, del mercado como eje de la economía. Y, sobre todo, se perdió el derecho de los afiliados de escoger un sistema de aseguramiento que no sea el estatal.

Durante el gobierno del presidente Mahuad, la misma derecha corporativa que impidió la reforma estructural, volvió a expresar la protección política de intereses económicos. Entre la defensa con ribetes regionalistas del banquero Aspiazu, se coló un cambio pernicioso para acabar de destruir al resto del sistema financiero. El impuesto a la circulación de capitales provocó que los depositantes retiren sus transacciones del sistema financiero. Eran las épocas en las que el país tenía un dueño, con una lógica sencilla: o te sometes o sufres las consecuencias. La creación de la AGD y la protección política a los deudores de la banca cerrada, fue otra de esas formas en las que se usó al Estado para cuidar billeteras privadas.

El gobierno de Correa, ofreció cambiar esta lógica. Pero, fuera de confirmar que los dogmas de la izquierda se mantenían inmunes a todo evidencia empírica sobre el fracaso del estatismo y que su izquierdismo era más irracional, demostró que el poder político de derecha perseveraba en el control de los negocios del Estado y que el nuevo dueño del país ofrecía impunidad a la corrupción llevada a niveles nunca antes visto.

En estos 40 años, la pobreza se ha reducido, ha habido una gran movilidad social. Hay más acceso a servicios públicos, menos exclusión. Solo imaginemos cuánto mejor estaríamos y qué nivel de vida sostenible tendríamos, si este bloqueo no se hubiera producido y se hubieran hecho las reformas para promover el mercado, la inversión y la apertura. Tal vez no veríamos con envidia a otros países de la región. En el futuro, la opción será, con la certeza de su eficiencia, tener un gobierno que ejecute esas reformas con exclusión de las fuerzas políticas ligadas a los intereses y dogmas que han bloqueado el desarrollo. (Diego Ordóñez – 4 Pelagatos)

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