El victimismo es la nueva pandemia política

Víctima del imperialismo yanqui, de los banqueros, del estado hetereo patriarcal, de la CIA, del colonialismo, de la armada británica, del Fondo Monetario Internacional, de la DEA, del hombre blanco, del capitalismo…

El victimismo ha sido y sigue siendo el músculo político y cultural de América Latina: es la tesis de Delirio Americano (Taurus, 2022. 600 páginas). Este es el libro con el que Carlos Granés, ensayista colombiano, desafía el marco conceptual dominante en el establecimiento académico, cultural y político de la región y parte de Europa, según el cual América Latina es lo que otros le han hecho. Durante más de cien años, la pregunta movilizadora ha sido ¿qué nos han hecho? y no ¿qué hemos hecho?, sostiene Granés quien estuvo en Ecuador estos días en la feria del libro en Cuenca y en una charla, el martes, en la UDLA, en Quito. El libro, que aún no circula en Ecuador, es la respuesta a uno de los textos emblemáticos del establishment victimista: Las Venas Abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano.

Delirio Americano es una exploración titánica de la historia de la relación que ha existido en el continente entre arte y política, donde poetas y artistas han construido y promovido utopías que luego los políticos y los caudillos de derecha o de izquierda han tratado de imponer con autoritarismo.

El libro constituye, para The Economist, una «exploración monumental de la política y la cultura en América Latina durante el siglo 20». Arranca cuando que el escritor cubano José Martí, se convierte en enemigo de los EEUU y su cultura, una vez que ese país entra en guerra con España e invade Cuba. El giro profundamente anti yanqui e hispanista de Martí es heredado por el poeta Rubén Darío y, con él, las vanguardias artísticas del continente que se declararon, casi todas, antiimperialistas y profundamente nacionalistas.  El uruguayo José Enrique Rodó disparó, con su ensayo Ariel,  una línea ideológica según la cual la cultura latina es superior a la anglosajona por tener principios más elevados y espirituales que los del capital, el trabajo, el mercantilismo y el utilitarismo, propios de esos pueblos del norte del continente. Lo que más tarde sería llamado arielismo.

Con el arielismo, se consolidó un nacionalismo que impulsó a caudillos militares o civiles y movimientos filofascistas y filocomunistas que se proclamaron protectores de las masas ante el enemigo extranjero, casi siempre yanqui. La cultura anglosajona de los EEUU traía, además, un problema muy incómodo: la democracia liberal. Ahí mandan las masas y no las élites ilustradas o ungidas por sus pueblos para gobernar a placer y sin límites. La democracia liberal, para los caudillos del continente, ha sido vista casi siempre como un invento yanqui incompatible con la idiosincrasia latina, más cercana al cesarismo de Roma. Ese recelo y desdén frente a la democracia liberal, sería patrimonio de caudillos de todo signo: desde las dictaduras militares fascistas de los años 30, hasta la revolución cubana o el experimento chavista de Venezuela.

Granés sostiene que, a diferencia de Europa, donde los académicos dicen que el siglo XX empezó en 1916 con el fin de la Primera Guerra Mundial y terminó en 1989 con la caída del Muro de Berlín, en América Latina el siglo XX arrancó con la invasión de EEUU a Cuba y aún no ha terminado.

Del discurso nacionalista de la dignidad de los pueblos, se ha pasado al de la dignidad de las identidades. Las identidades no son como las que exaltaba en los años 30 el negrismo caribeño ni el indigenismo peruano, ecuatoriano o mexicano. Ahora las identidades no sirven para proyectar futuros sino para abominar el pasado. En el arte y la cultura hay una obsesión por el archivo, por analizar la forma en que se ha narrado la historia oficial y ver qué y quién ha sido excluido. De ese ejercicio sale inexorablemente la conclusión de que a tal o cual grupo o a tal o cual identidad no han sido tratadas con justicia. La obsesión es la construcción de la víctima. La víctima se ha convertido en el héroe de nuestros tiempos, el que cohesiona identidades, otorga derechos y reivindica autoestima. Y lo más importante en la visión de Granés: la víctima se ha blindado contra la crítica. Siempre tiene la razón, aunque esa razón sea la violencia o la irracionalidad.

América Latina terminó latinoamericanizando a Occidente con su lógica de la víctima. En los EEUU y en Europa, han surgido desde los años 90, una serie de movimientos cuyo eje es, igualmente, el victimismo: el movimiento MeToo, Black Lives Matter, el gretismo de Greta Thunberg, el animalismo… De nada se les puede criticar; nada se les puede decir.

Este victimismo, escribe Granés, tiene condenado al continente en la espera del surgimiento de alguna utopía redentora con un caudillos a cuestas. «Ni arielismo ni indigenismo ni priismo ni castrismo ni guevarismo, porque ninguna de estas mitologías, a pesar de sus buenas intenciones y de sus sueños salvadores, cohesionó las sociedades ni las hizo prosperar. Quizá la antropofagia sea una mejor guía: un liberalismo no redentor, cosmopolita e impuro, que fomente los liderazgos plurales. Como cualquier otro lugar, Latinoamérica amasa una historia compleja y bárbara de vergüenzas y luces. Pero nada nos ata a ese pasado. El futuro está ahí, como para cualquier otra comunidad humana. Es hora de poner un pie en el siglo XX».

Delirio Americano es, finalmente, una minuciosa y entretenidísima disección de la historia de este victimismo que define a la actitud que muchos políticos han adoptado para protegerse del ciudadano: si me critican me están revictimizando, porque víctima ya soy.  ¿No recuerda esto a las asambleístas del correísmo? (MARTIN PALLARES – 4 PELAGATOS)

Foto: The Objetive. Granés es columnista en ese medio.