Vea cómo la sociedad sí puede reaccionar

La utopía es osar pensar que puede ser de otra forma. Que en Ecuador los ciudadanos pueden, por ejemplo, como ocurrió a mediados de los años setenta en Alemania, juntar causas que mejoren sus vidas cotidianas y  constituir un frente social que presione y obligue a los políticos a ocuparse, pero en serio, de esos problemas.

Se puede pensar -avanzando en el mismo ejemplo- que esos ciudadanos, conscientes de que a esos políticos les importa un bledo sus expectativas, establecen una plataforma para mejorar su calidad de vida, escogen representantes y se lanzan a la política. Como en Alemania se podrían juntar ambientalistas y defensores del agua, feministas, minorías sexuales, defensores verdaderos de Derechos Humanos, colectivos que defienden el espacio público, animalistas, demócratas deseosos de dar un contenido real a sus tesis..  Y consensuar una visión contemporánea de cómo ejercer derechos y deberes, producir, crear empleo, usar el dinero público, vivir en las ciudades… En definitiva, gente que defienda causas y quiera intervenir en la política para cambiar de verdad la vida cotidiana.

En Alemania hay un partido, Los verdes, que no solamente creó mecanismos para que los ciudadanos piensen e intervengan directamente en la formulación de las políticas públicas sino que incidieron -con su agenda, su visión y compromiso- en la transformación de los otros partidos.

La utopía empieza por la pregunta que la suscita: ¿es razonable esperar que la sociedad civil reaccione? Por supuesto, esa pregunta parte y supone un diagnóstico lacónico: la sociedad ecuatoriana sufre de bloqueo crónico y la sociedad política que es, en teoría, el agente de cambio, se ha convertido en el principal factor de parálisis. Parálisis y disolución promovidas por su canibalismo, su enorme capacidad de destrucción institucional y sus muestras de corrupción.

Ese diagnóstico es estructural. Se hace evidente al margen de la responsabilidad concreta de cada una de las fuerzas políticas. Esto significa que hay un juego político que corre por andarivel propio y según reglas que sus protagonistas comparten en menor o mayor medida.

Se entiende que en ese desbarajuste hay acciones -demasiado burdas, escandalosas y corruptas- que merecen el repudio en redes sociales o en la opinión que se publica. Pero esa intervención ciudadana es tangencial y no incide en la actitud de los actores políticos ni en el curso de toma de decisiones. Los políticos funcionan como rueda suelta y su agenda poco o nada tiene que ver con las urgencias cotidianas de los ciudadanos que dicen representar.

¿Se puede hablar realmente de dos sociedades que, en el fondo, se ignoran y solo interactúan en los comicios electorales? Ahí se inserta la pregunta sobre la sociedad civil. ¿Cómo entenderla hoy? Una de las mayores muestras de su existencia se dio durante la conformación política del correísmo. Cientos de colectivos adhirieron a la candidatura de Rafael Correa. Se dirá que eran siglas. Y es posible que no fueran, en una inmensa mayoría, nada más que eso. Lo inolvidable está en la forma cómo el correísmo cooptó a los dirigentes de esos movimientos sociales, los convirtió en burócratas y los llevó al Estado con todo y tereques.

El resultado fue desolador. La sociedad (la que aparecía en esas siglas) pasó a ser parte de un proyecto político. Y, a nombre de ese proyecto, sus supuestos representantes abandonaron sus causas y se dedicaron a defender el sello autoritario del partido dominante. El contrasentido no pudo ser mayor: Correa se dedicó a negar derechos específicos que habían hecho parte de las plataformas de lucha de sus nuevos burócratas. Los derechos de las mujeres, en particular, fueron particularmente pisoteados. Con castigo incluido para alguna de sus camaradas. La famosa sociedad civil terminó siendo sinónimo del Consejo de Participación Ciudadana y Control Social. El mal chiste se cuenta solo.

¿La sociedad civil se reconstituyó? ¿Por qué no aparece en este vacío político provocado y aprovechado por los mercaderes de la política? Algunos movimientos -feministas sobre todo pero no únicamente- creen que su tarea es hacer la guerra en redes sociales. Y no: mientras los colectivos alternativos no muestren capacidad y voluntad de juntarse, el bloqueo producido por los amantes del statu quo gozará de excelente salud.

Es utópico pensar que la salida que el Ecuador busca está en manos de la sociedad que hoy observa y sufre las consecuencias de la acción de viejas y nuevas mafias políticas. Pero es así. Lograr esa unión de agendas concretas es el reto donde se juega el futuro del país y la renovación real de la política. (JOSE HERNANDEZ – 4 PELAGATOS)

Foto: Luis Argüello/Plan V