Como va, el narcotráfico jugará en cancha propia

La Asamblea Nacional nada ha dicho sobre asambleístas investigados o actores de vinculaciones turbias. Es un vacío inquietante y revelador del estado de salud deprimente de los partidos, en un momento en que dineros del narcotráfico rondan la política y, por supuesto, las campañas electorales.

Un recuerdo no es una comparación. Es un precedente que cabe ser evocado y que procede en el caso de la Asamblea. El problema que tiene Ecuador lo vivió Colombia en los años 70 y a inicios de los ochenta. Así nació la narcopolítica. Luego se pasó de la sospecha a la evidencia y se llegó al caso más icónico y polémico protagonizado por Ernesto Samper, elegido presidente en 1994, con dineros del cartel de Cali.

La figura más elocuente (ni la primera ni la única) de ese fenómeno en aquel momento fue Pablo Escobar. En 1982 llegó al Congreso, como suplente de Jairo Ortega, representante a la cámara por Antioquia. El movimiento Renovación Liberal, del cual hacía parte Escobar, propuso una alianza y fondos al Nuevo Liberalismo de Luis Carlos Galán; candidato con amplias posibilidades de llegar a presidencia de Colombia. Galán no aceptó ni lo uno ni lo otro.

Las evidencias, que circulaban como rumores alrededor de Escobar, tomaron cuerpo en 1983 cuando Rodrigo Lara Bonilla, ministro de Justicia del gobierno de Belisario Betancur, informó a la Cámara que conocía investigaciones de EE.UU. que daban cuenta de que Escobar era un narco. Ese mismo año EEUU le canceló la visa y el pleno de la Cámara le retiró la inmunidad parlamentaria. Sin espacio y señalado, Escobar se vio obligado a salir de la política en enero de 1984. En abril de ese año mandó a asesinar a Lara Bonilla y a Galán en 1989. Los dos eran partidarios de la extradición.

Retorno a Ecuador: la mayoría de la Asamblea presidida por Virgilio Saquicela es capaz de perseguir por un trino a Diego Ordóñez o a Fernando Villavicencio. Pero ha sido incapaz de preguntarse sobre, por ejemplo, las acusaciones que pesaron contra Mario Ruiz, asambleísta de PK, vinculado judicialmente con la minería ilegal. O por las conexiones de Ronny Aleaga con una banda, o con personajes bajo sospecha o relacionados con el narcotráfico.

Esa mayoría nada dijo de la fotografía que publicó Fernando Villavicencio de Aleaga en una piscina de Miami con presuntos delincuentes. Tampoco lo hizo ahora que se supo que pidió a la Asamblea condecorar a dos marinos, “gatilleros del cartel de Sinaloa”. Villavicencio también dijo, con documentos, que Aleaga pidió la condecoración Vicente Rocafuerte para esos marinos, que fueron apresados como parte de la guardia pretoriana del narco y líder de los Choneros, Junior Roldán.  

Ninguna de los miembros de la mayoría política, preocupada hasta por expresiones populares que vilmente convierte en violencia de género, ha planteado investigar el caso de Aleaga. La actitud asumida por el correísmo, el nebotismo y sus aliados de la ID, PK y los independientes, es impresentable: no quieren saber. No les interesa saber. No cuestionan ni preguntan. Si eso no se llama tolerancia plena con actitudes y conductas posible y abiertamente censurables, ¿cómo se llama?

Que una mayoría se suelde políticamente por venganza, odio o revancha contra un presidente, es totalmente reprochable. Pero que esa mayoría, para mantenerse unida, cierre los ojos sobre evidencias que podrían conectar o vincular a miembros suyos con el crimen organizado, es condenable. Y enciende las alertas sobre el fundamento político y ético de esa alianza.

¿Nada diferencia a Nebot de Correa? ¿Y a Ronny Aleaga de Marjorie Chávez? Esas comparaciones o similitudes podrían multiplicarse. Y si hubiera diferencias (en el campo no solo político sino ético), ¿no están definidas, entre otras cosas, por la posición ante el narcotráfico?

Resulta escandaloso que el nebotismo tenga un actitud totalmente condescendiente con conductas que, esas sí y no los trinos de marras, deberían haber suscitado la conformación de una comisión de investigación en la Asamblea. Que no haya ocurrido, delata que la sociedad política que conforma la mayoría -el PSC hace parte y hay que recalcarlo- ya borró ciertas líneas rojas que son capitales para el país. Con esa clase política, el narcotráfico podrá jugar en cancha propia. (JOSE HERNANDEZ – 4 PELAGATOS)

Foto: Asamblea Nacional.