¿Por qué el país avanza para atrás?

Bueno, los diagnósticos están hechos. Bien o mal. Y hay sobredosis. En ese caso, la única pregunta, que no se ha puesto de moda aunque es esencial y siempre urgente, no varía: ¿la sociedad que hace los diagnósticos, que se queja, que maldice, que arrastra con razón a casi todos los políticos, gesta algún cambio? ¿O sigue sacando visa por si acaso?

Decir que Ecuador está desemsamblado es tan cierto como comprobable. En principio no debería inquietar porque toda sociedad democrática está siempre desajustada. Esa condición es parte de la naturaleza del cambio que deben aceptar y procesar sin cese las sociedades. Así avanzan; así es la democracia. 

Pero esa dinámica necesita sociedades que muestren capacidad de respuesta ante las transformaciones que las retan. Ese es el vacío que Ecuador no llena. Ni siquiera la pandemia suscitó esa actitud que inspira ir del diagnóstico a la solución. Y de la bronca generalizada al acuerdo puntual. No hay emergencias en ese sentido, a pesar de los millones de desempleados, de los jóvenes sin futuro y del porcentaje de niños que padecen desnutrición crónica.

El país cierra otro año con muy pocas señales que infundan optimismo. El gobierno hace lo suyo, convencido de que el manejo responsable de la economía basta para tener “el país de oportunidades” que prometió. La oposición política incrementó su vocación golpista que nace de la necesidad imperiosa de impunidad que buscan sus líderes. Tanto Correa, como Nebot. Y ahora Iza.

El narcotráfico aterrizó con todo su poder de destrucción aumentando, en forma exponencial, la inseguridad y aprovechándose de las condiciones estructurales que crean la pobreza y el desempleo. En claro, Ecuador no desactivó este año ninguna de las bombas que arrastra; sumó una. Más corrosiva y más violenta. Así la urgencia de respuesta se acrecentó, aunque no se ven los actores del cambio. No existe la masa crítica, la masa de ciudadanía que el momento necesita. 

Se dirá que hay capacidad de resistencia en las redes sociales. Es verdad y eso se celebra. Las redes son también el frente de batalla de ejércitos de troles al servicio de autoritarios y corruptos. Además, aquellos que tienen capacidad de propuesta y causas que defender extravían muchas veces el sentido y los protocolos del debate público: han aceptado convertirlo en suma de likes.

No hay disputa sobre ideas sino sobre emociones. Y cada causa ha creado un cortejo de estigmatizaciones contra sus enemigos fantasmales. Sus defensores sólo quieren hablar y nombrar el mundo según su retórica y su liturgia. En su universo la simpleza reemplaza la complejidad, el lema al raciocinio, el insulto la contradicción conceptual.  

El debate ya no concierne el destino de una República sino el futuro de unas identidades. De por medio no hay ciudadanos; hay víctimas. Se debaten  opiniones; no razones. Hay pareceres; no elementos de realidad. El objetivo de un supuesto debate no es convencer; es desaparecer del universo virtual al enemigo. Los usuarios de redes sociales compiten por ganar la guerra de algoritmos; no por cambiar la sociedad.

¿Cuántas likes ganaron este año las feministas, los ambientalistas, los defensores del espacio público, los antiautoritarios… y así? ¿Cuánto espacio ganaron, mientras tanto, esas causas -justas e indispensables sin ninguna duda para la democracia- en la conciencia social? Esa disonancia explica la buena salud de corruptos, piratas, oportunistas y ahora narcopolíticos que están en la Asamblea y en los partidos. Y también explica las dificultades crecientes que tienen los políticos honestos, que cada vez son menos. 

 La responsabilidad de esa disonancia es compartida: gran parte del empresariado, de la academia, de los movimientos llamados cívicos, de las iglesias, de la prensa… Muchos son apóstoles de ese silencio que nutre al statu quo que tiene al Ecuador mirando por un retrovisor. Y algunos, que trabajan por la solidaridad y el cambio, lo hacen en forma tan discreta que logran la proeza de hacerse invisibles.

Esa estrategia no funciona. Tampoco la de solo hacer guerras virtuales en redes sociales. Y la mejor prueba es que los vivarachos y piratas no solo gozan de buena salud sino que aumentan: hacen escuela. Al frente tienen algunos demócratas disgregados y un mundo de idealistas librando guerras ficticias y halando el país para atrás. (JOSE HERNANDEZ – 4 PELAGATOS)

Foto: Stock-libre.