En la mediocridad de los 90

La economía ecuatoriana ha regresado penosamente a los escenarios de los años 90: endeudada, sin crecimiento, forzada al ajuste permanente para asegurar el equilibrio fiscal, tratando de reducir el tamaño del Estado, sin inversión pública ni privada, intentando con poco éxito atraer capitales extranjeros, y apostándole al extractivismo –ahora minero– como última y desesperada vía, depredadora de la naturaleza y los recursos naturales, para obtener ingresos. Con las mismas presiones para cumplir los duros compromisos con el FMI y así conservar el apoyo de los organismos internacionales con financiamientos blandos.

Hay dos elementos que diferencian a esta segunda década del siglo XXI con la última del XX: la dolarización, que da estabilidad monetaria y de precios a la economía aunque hace del Ecuador un país extremadamente costoso y poco competitivo; y de otra, la enorme migración venezolana que crea mayores problemas sociales a los que ya tiene el Ecuador, con sus índices de pobreza, desigualdad, subempleo, precarios servicios públicos.

Si el progresismo algo debe recriminar a la Revolución Ciudadana, es haberle conducido al país a un escenario de ajuste económico. El derroche de recursos, la corrupción, el gasto público sin límites y plagado de abusos, el exagerado crecimiento del Estado y su burocracia, llevaron al modelo posneoliberal a su propia imposibilidad. El todopoderoso Correa, que pretendía eternizarse en el poder, evitó la reelección porque sabía lo que le esperaba al país. Un gran fanfarrón y cobarde.

Hay que recriminarle a la Revolución Ciudadana no haber construido, en un momento histórico excepcional, un modelo posneoliberal sustentable. La prepotencia de su liderazgo, el fanatismo de sus seguidores, y la ceguera ideológica de sus intelectuales, frustraron esa posibilidad.

Obligados a entrar en el ajuste, nos vuelve a ganar la misma mediocridad e inmovilidad de los años 90: la política económica solo visualiza el ajuste, no el cambio de la estructura económica, ni siquiera en un sentido capitalista renovado. Siempre a mitad de camino, sin rumbo y sin convencimiento, sin lucidez, sin ánimo, sin fuerza. La tan reivindicada reforma laboral, para señalar un ejemplo, se discute con miedo, bajo similares dilemas ideológicos de hace 20 años, dentro de los mismos marcos conceptuales. No hay claridad ni visión para proponer giros integrales hacia un modelo distinto que pueda devolver la dinámica a la inversión privada y pública, recuperar el empleo y el bienestar. La izquierda solamente grita y condena todo cambio como neoliberal, envuelta, como siempre, en sus paralizantes proclamas morales; el Gobierno se contenta con el acuerdo del FMI y la idea de equilibrar las cuentas fiscales. Y la derecha y los economistas ortodoxos, sin la fuerza, creatividad y lucidez suficientes para proponer algo integral convincente.

La Asamblea brilla por su ausencia, quemeimportismo, atrapada en sus empobrecidas fuerzas, en la disputa mezquina, miserable, por controlar comisiones. ¿Por dónde puede venir el sacudón? ¿Nos esperan años de inercia, tasas de crecimiento mínimas, pobreza en aumento, esquinas pobladas de venezolanos con sus carteles desgarradores y humillantes? ¿Tiramos todos la toalla? ¿Correa ahogó también los gestos de audacia e imaginación? ¿Por dónde salir de esta mediocridad paralizante a la que nos condujo el discurso grandilocuente de revolucionarios mesiánicos, abusivos y ávidos de poder? (Felipe Burbano de Lara – Diario El Universo) Caricatura: Chamorro La Hora

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