La farsa desnuda de Marcela Aguiñaga

Quién lo hubiera pensado: Marcela Aguiñaga, pelo recogido, arete pequeño, mirada cohibida, espalda desnuda, con un nada de su seno izquierdo insinuado… Si en Chile Mont Laferte muestra abiertamente los senos con una proclama política, la asambleísta correísta quiso hacer lo mismo. Solo que de espalda, con mirada de adolescente traviesa e insegura y con deseos imperiosos de justificarse (ver su tuit). En su caso, el arrebato de golpear la imaginación en las redes sociales, fue superior al convencimiento que supone usar el cuerpo como arma política.

Aguiñaga prueba en esa fotografía que no basta ser política para que su cuerpo se convierta en lugar político. Su cuerpo niega lo que ella quiere significar con él. Su cuerpo no es un sujeto trepidante de sentidos y valores; es un soporte funcional para exhibir un mensaje propagandístico. Su cuerpo no habla de subjetividad alguna, de convicciones, de apuestas existenciales, femeninas o políticas: es un lugar postizo que ni siquiera ella se propuso intervenir. No hay asomo de performance. Lo que se se ve, lo hizo un computador.

Aguiñaga usó el cuerpo para anularlo. Quiso ser disruptiva, pero mostró un cuerpo amordazado, utilitario. ¿Qué quiso desmitificar? ¿Pensó en una provocación, en un acto estético, en un objeto de reflexión? En absoluto. Su pose es la de una modelo que vende cremas y lociones. Su espalda desnuda está lejos de ser un instrumento perturbador: es una banalidad inocua.

¿Su cuerpo es un arma política? No. No hay reto alguno sobre el sentido que adquiere la desnudez descontextualizada y vinculada con un pensamiento crítico, político y liberador. Por el contrario: Aguiñaga recuerda, porque su espalda desnuda lo clama a grito entero, la práctica del poder correísta sobre el cuerpo femenino y el poder ejercido sobre la libertad de esos cuerpos para aceptar o no la maternidad. Y también recuerda aquella mirada morbosa que tenía el macho alfa sobre las mujeres con minifaldas que, a sus ojos, mejoraban las fiestas. Rafael Correa decía lo que pensaba: “me contaron que unas piernas y unas minifaldas impresionantes. Guapísimas las asambleístas”.

¿Hay alguna sindéresis entre esta política que con aires de creerse una gran liberal liberada, exhibe su espalda desnuda y la política que admitió que el poder que ella defendió de forma indignante, practicara, para citar a Michel Foucault, el arte de vigilar y castigar incluso contra sus propias compañeras de Alianza País y urdiera, como proyecto social, una sociedad disciplinaria?

Esa espalda desnuda no solo es postiza: es una gran farsa política montada por una política que hizo todo lo contrario de aquellas Femen que, asumiendo la polémica (mejor, provocando la polémica) decidieron desde 2008 mostrar sus senos en público como un acto agitador ante el poder político, religioso, mediático. Ellas han desafiado gobiernos, instituciones, prejuicios, tabúes, ideas… Tienen conciencia de su capacidad de provocación y de-construcción del statu quo. Ellas saben lo que hacen en público y ante la policía, las cámaras y la sociedad. Y por qué lo hacen. Son criticadas pero eso buscan. Tienen conciencia del poder desafiante y pertubador del cuerpo. Lo usan como arma, como espacio de comunicación. Su cuerpo es la extensión natural de sus convicciones, de sus visiones y sueños. De su subjetividad.

Marcela Aguiñaga hizo tomar una foto, en un sitio cerrado, a su espalda desnuda, alguien en un computador le agregó una frase y ella colgó su proeza en su cuenta de twiter. Esa es su historia. (José Hernández – 4 Pelagatos) Caricatura: Vilma Vargas

Foto: twitter de Marcela Aguiñaga intervenida por 4P. 

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