AP, RC y la ex canciller

Cada vez que el movimiento Alianza País (AP) se expresa públicamente se posiciona de mejor forma como lo que siempre fue: una agrupación orientada por fines puramente electorales, caudillista, desprovista de una visión ideológica; y, como consecuencia de lo dicho, carente de cuadros políticos que le permitan sobrevivir en el tiempo. La reciente declaración de AP en el sentido de apoyar la candidatura de María Fernanda Espinosa a la Secretaría General de la OEA no es sino una muestra de lo dicho. Más allá de los afectos y desafectos que podría generar en el país la ex canciller, este hecho revela ante la opinión pública que AP es otro proyecto político fallido. Uno más de tantos intentos de formar organizaciones partidistas reguladas por instituciones de democracia interna, orientadas por ideas que se debaten; y, estructuradas alrededor de actores políticos con capacidad de trasladar las demandas ciudadanas a un programa de gobierno específico.

Si bien la naturaleza de AP se empieza a develar de cuerpo entero tras las elecciones presidenciales de 2017, indicios de la descripción que antecede están en los orígenes de la agrupación partidista. La ausencia de reglas claras estuvo siempre presente y las decisiones basadas en función del personalismo también. Lo que ocurría hasta 2017 es que el caudillo estaba presente y las diferencias no se hacían visibles o simplemente eran resueltas por medios ajenos a la política. Ahora que la época de bonanza electoral llega a su fin y que el redentor está más cerca del presidio que de Carondelet, esas discrepancias se hacen notorias y se expresan en decisiones contradictorias entre el gobierno y el movimiento que se asumiría es parte de ese gobierno. Así, lo ocurrido respecto a Espinosa no es sino el reflejo de lo que ha sido el cambiante comportamiento de AP en la legislatura o su dubitativa posición respecto a hechos clave, como los ocurridos en el pasado mes de octubre.

En perspectiva electoral, la decisión de AP de apoyar a Espinosa puede ser entendida como la posible aparición de una candidatura presidencial que, aunque proviene del movimiento oficialista, no es la carta política propuesta por el gobierno. A diferencia de Vladimiro Álvarez, Raúl Baca o Sixto Durán-Ballén, la ex canciller no tendría que asumir la difícil tarea de justificar las acciones del presidente que está de salida. A la par, tampoco debería esforzarse demasiado en desmarcarse del gobierno de la década pasada pues, al menos en apariencia, Rafael Correa ha puesto distancias con quien fuera una de sus fichas más importantes. En una organización partidista como AP, en la que las ideas son un bien escaso y los cuadros políticos representativos hay que buscarlos en la bancada de la Revolución Ciudadana más que en sus propias filas, la idea de Espinosa como una opción para el 2021 no debe ser despreciable.

Más allá del éxito electoral que podría tener AP con una eventual candidatura presidencial de la ex canciller, el beneficio directo para quienes quedan en la otrora maquinaria de ganar elecciones estaría dado no sólo por la consecución de espacios en la próxima Asamblea Nacional sino también por la posibilidad de evitar que muchos de los casos de corrupción aún no resueltos puedan llegar a evidenciarse en el futuro. Así, la candidatura a la OEA quizás es solamente un movimiento estratégico con varios objetivos. Primero, reposicionar la imagen de Espinosa en la arena política nacional. Segundo, proveer a AP de un cuadro político que afiance las opciones electorales de la lista de asambleístas. Tercero, y quizás más importante, colocar entre los presidenciables a gente cercana al gobierno altivo y soberano.

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Fraccionar el electorado de forma tal que en una posible segunda vuelta se reconcilien los intereses de AP de ayer y de hoy, puede ser la real jugada que está tras una candidatura a la OEA que, en la práctica, tiene muy pocas opciones frente a la apuesta de Almagro por la reelección. Así, Espinosa, AP y en buena medida la Revolución Ciudadana, diseñan una estrategia electoral unificada frente a una oposición en la que, por el contrario, cada vez se evidencia más fragmentación. Todo parece apuntar a que las victorias de Yunda y Pabón en Quito y Pichincha podrían tener un correlato en lo nacional. (Santiago Basabe – 4 Pelagatos)

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