Las redes están construyendo un país estúpido

El episodio del horrendo crimen a María Belén Bernal ha demostrado hasta qué punto las redes sociales pueden convertir un debate necesario sobre asuntos de interés público en un espacio de las más siniestras disputas y revanchas políticas, odio, vanidades, la cultura de la turba y el linchamiento.

Es en ese territorio donde políticos con harto recorrido, como Leonidas Iza,  o nuevos y con ambiciones no menores, como Wilson Merino, se disputan la vocería de la indignación social con medios de comunicación que decidieron militar por el descabezamiento de todo orden institucional. Casos hay por miles y algunos llegan al paroxismo: una cuenta de un colectivo llamado Red Científicos en Ecuador, cuyo lema dice «donde se encuentre el saber», llegó a desarrollar la tesis según la cual tras el crimen está la mano del mismísimo presidente de la República.

¿Qué decisiones de política pública pueden construirse a partir de un ambiente así de crispado y polarizado, tomando en cuenta que las autoridades por lo general viven pendientes del qué dirán en redes? ¿Qué puede salir de un medio ambiente donde manda el lado más moralista y menos reflexivo de una sociedad? ¿Qué decisiones constructivas pueden salir de donde prevalece la cultura del linchamiento bajo la cual, como dice el académico turco Uğur Baloğlu, subyace la necesidad de «que la gente sienta que no está sola»? Opinar se ha convertido en una especie de prueba de existencia: sólo si me sumo a la turba linchadora tendré el reconocimiento y la legitimación social, ya sea con un like o un share.

No falta razón a quien sostiene que si no fuera por las redes sociales, la sociedad no tendría una herramienta lo suficientemente fuerte para pedir responsabilidad a sus gobiernos, como de cierta forma está ocurriendo en el caso de Bernal. O que si no fuera por las redes sociales, la sociedad no podría poner en evidencia a corruptos, abusadores sexuales o bandidos. Pero tampoco faltará razón a quien diga que las redes sociales han arruinado vidas o se han dictado políticas públicas equivocadas porque la turba enardecida sentenció sin evidencias ni pruebas.

Este escenario hace indispensable una reflexión. Se trata de un tema que atormenta no solo a los ecuatorianos. No hace mucho, en abril de 2022, el célebre y respetado psicólogo social Jonathan Haidt publicó, en The Atlantic, un artículo que desencadenó una inmensa reacción académica en los EEUU. «Por qué los pasados 10 años de la vida americana han sido singularmente estúpidos«: así se titula el ensayo que hizo que muchos otros medios, como el The New Yorker, publiquen artículos sobre él. Haidt sostiene que desde que las redes sociales implementaron el botón para compartir, algo que no existía en sus inicios, cuando casi todo eran blogs personales, se desencadenó una lógica donde los usuarios empezaron a estar pendientes de cómo reaccionarían los demás ante cada nueva acción. Así, surgió la cultura de la turba y el linchamiento.

Ese cambio, sostiene Haidt, coincide con el brutal deterioro de la democracia en los EEUU, desde 2017 con la llegada de Donald Trump al poder. Trump fue el primer político en dominar la nueva dinámica en la que la indignación es la clave de la viralidad.

Las redes sociales han dado voz a quienes antes tenían poca o ninguna, y han facilitado que los poderosos rindan cuentas de sus fechorías. Los acosadores sexuales podrían haber sido denunciados en blogs anónimos antes de Twitter, pero es difícil imaginar que el movimiento #MeToo hubiera tenido tanto éxito sin el refuerzo viral que ofrecen las principales plataformas. Sin embargo, la disfuncionalidad política se instaló por algunos motivos.

Uno de esos motivos es cómo los usuarios aspiran a ganar reconocimiento social utilizando la agresión y la violencia en el discurso. Los politólogos Alexander Bor y Michael Petersen descubrieron que unos pocos imbéciles eran capaces de dominar los foros de discusión, porque los no imbéciles se alejan fácilmente de las discusiones políticas en línea. En definitiva, las redes sociales dan más poder a los trolls y provocadores, mientras silencian a los ciudadanos reflexivos.

Las redes sociales, desde que se activaron los mecanismos para compartir, permiten que todo el mundo administre justicia sin el debido proceso. Twitter se convirtió en el Salvaje Oeste, sostiene Haidt. Un ataque exitoso atrae un aluvión de likes y ataques posteriores. Las plataformas con mayor viralidad facilitan así el castigo colectivo masivo por ofensas pequeñas o imaginarias, con consecuencias en el mundo real, como que personas inocentes pierdan sus trabajos y sean avergonzadas hasta el suicidio. Cuando la plaza pública se rige por la dinámica de la turba sin el debido proceso, no se consigue justicia ni inclusión; se obtiene una sociedad que ignora el contexto, la proporcionalidad, la misericordia y la verdad. A esto habría que sumar los operativos dirigidos por sectores políticos o activistas para distorcionar la realidad, como ha ocurrido en el caso de Bernal.

Las redes crean lo que se conoce como cajas de resonancia, en las que cada sector escucha lo que refuerza lo que ya piensa. Esto provoca que se formen tribus que guerrean con las que piensan distinto. Eso hace que en muchas ocasiones las decisiones de política pública sean erráticas. Ocurrió con la pandemia del Covid en EEUU: los demócratas exageraban ridículamente la necesidad de medidas de prevención mientras los republicanos hacían exactamente lo opuesto. El resultado fue que el Estado no tomó las mejores y más oportunas decisiones.

Lo que ocurrió con las políticas en salud en EEUU como consecuencia de una sociedad polarizada por las redes sociales puede ocurrir en el Ecuador, si no está ocurriendo ya.  ¿La narrativa tóxica que se construyó tras el trágico crimen de Bernal puede construir políticas públicas que corrijan las perversidades institucionales y culturales que lo produjeron? Esa es la reflexión que está pendiente. (MARTIN PALLARES – 4 PELAGATOS)

Foto: Cerjh