Lasso entre la modorra y el vértigo

El presidente volvió de su viaje a Nueva York, donde intervino en la 77 Asamblea General de la ONU, y creó un terremoto en la Policía: solicitó a los mandos policiales poner sus cargos a disposición. Les dijo que el gobierno valorará su permanencia en la Institución. Sacó al ministro Patricio Carrillo del Ministerio del Interior. Y dio ocho días al comandante de la Policía para que, en definitiva, capture al presunto asesino de María Belén Bernal.

Esas decisiones parecen tomadas en una carrera de fórmula-1, en la cual participó el presidente en EE.UU. y de la cual no se tuvo noticia. Y esas decisiones vuelven a probar que el gobierno, tras 16 meses en el poder, no encuentra la velocidad de crucero que le permite gobernar con cabeza fría. Carondelet oscila entre la modorra (¿cómo llamar de otra forma su reacción lenta ante la falta de medicamentos o los problemas en el Registro Civil?) y el vértigo. Causado por la presión de la opinión en el caso del asesinato de María Belén Bernal, que fue explotado -profusa y procazmente- por políticos, troles, narcos y mercenarios de todo pelambre.

El régimen no encontró el punto medio en un asunto cuyo drama humano es hondo e innegable. Pero que también incluye elementos administrativos, de gestión y, por supuesto, de gobierno. La compasión y el enternecimiento no alcanzan para soslayar responsabilidades. Y este tema ilustró, otra vez, la deficiencia de un equipo de gobierno tan compartimentado que solo el presidente Lasso sabe quién es quién, qué hace y por qué responde.

¿Alguien une esos departamentos estancos? En teoría, debe ser el Secretario de la Administración. Pero no lo hace. No es la primera vez que se nota un vacío tan impresionante como impresentable y que tampoco siquiera cubre una vocería política. Porque no hay. ¿Qué hace, entonces, el ministro de Gobierno? ¿Qué hace la Secretaría de Comunicación?

Patricio Carrillo se quemó, al parecer, por ponerse al frente de esta paila hirviente en que mutó, para la Policía, el drama de la muerte de María Belén Bernal. La impresión que queda es que si el escándalo arrancó en una dependencia policial, el costo -cualquier costo- debe quedar contenido en esa zona. Carrillo y los generales u oficiales que se vayan se enmarcan en esa lógica.

El problema es que las respuestas, anunciadas por el presidente, no resuelven los desencuentros con la opinión -muchos creados por actores interesados- y agravan, en cambio, la vulnerabilidad que arrastra la institución policial. Y la Policía es un cuerpo clave en la seguridad del país en un momento en el cual la delincuencia anda desatada, el narcotráfico muestra estar enraizado y hay grupos -delincuenciales, sociales y políticos- deseosos de desprestigiarla más aún para neutralizarla y tener la cancha despejada y a su antojo.

En ese contexto es que hay que evaluar las decisiones anunciadas por Guillermo Lasso. ¿Tenía que haber una factura tras los eventos que concurrieron a la muerte de María Belén Bernal? Sin duda. Pero, ¿por qué no haber circunscrito las medidas? ¿Por qué haber solicitado a los mandos policiales (se entiende a todos) poner sus cargos a disposición? ¿Por qué crear desasosiego en todos los frentes? ¿Y cuánto durará?

Dos generales se fueron sin explicación alguna. Al igual que Patricio Carrillo. ¿Se va el ministro por responsabilidad política? Sería importante saber por qué el Presidente prescindió de un ministro clave en su gobierno. Sin esa explicación, podría instalarse el relato según el cual Lasso sació el apetito de todos los mercenarios que, desde octubre-2019, convirtieron a ese general en la cabeza de turco que querían exhibir entre sus trofeos de caza. Si las formas cuentan en política, se entiende por qué muchos en redes expresan malestar por la forma como Lasso botó al ministro Carrillo.

Y luego está, como colofón de todo esto, el plazo dado al comandante de la Policía. Es un plazo totalmente populista, asumido por un presidente que no lo ha sido. Un plazo absurdo, bajo toda consideración. Si en esos ocho días no encuentra al presunto asesino, ¿significa que Fausto Salinas debe renunciar? ¿Y el comandante que pudiera reemplazarlo, ¿tendrá otros ocho días? Y si, por si acaso, la policía lo hallara en esos ocho días, ¿significaría que Fausto Salinas necesitaba la amenaza presidencial?

Sucumbir ante las hordas de las redes sociales lleva a este vértigo que el gobierno no aplica a diario en su gestión. Y produce decisiones que, si se usa la razón y el sentido común, no pueden ser explicadas. Así el gobierno sigue oscilando entre la modorra insufrible y el vértigo fatal. (JOSE HERNANDEZ – 4 PELAGATOS)

Foto: Presidencia de la República