Ecuador a la hora de los canallas

El caso de María Belén Bernal produjo, además de claras muestras de condena, imágenes que revelan el estado de putrefacción de algunos bloques políticos en el país: Paola Pabón luciendo la camiseta con el rostro estampado de la víctima en su velorio. Partidarios suyos haciendo proselitismo por ella a la Prefectura de Pichincha. Elizabeth Otavalo, madre de María Belén, en la Asamblea; víctima a su vez de una movida política. El debate carroñero que desembocó en la creación de una comisión de investigación cuyas conclusiones ya se conocen…

Todavía hay cómo frotarse los ojos. No es fácil asumir hasta qué punto el descaro y la impudicia hacen parte de la retórica y de la liturgia del correísmo y otros políticos: independientes -como Virgilio Saquicela, presidente de la Asamblea- algunos de Pachakutik, de la Izquierda Democrática y también del PSC.

No solo hay cinismo y farsa: a esta camada de políticos ya no interesa guardar ni las apariencias. Se nota que su agenda nada tienen que ver con las urgencias del país. Y que tampoco miden los efectos de sus canalladas. Se sienten impunes. Preguntarse, en ese contexto, si esos asambleístas y sus líderes vinculan -en la forma que sea- política y ética, es inútil.

En ese descenso al albañal, esos políticos no dudan en sacar partido al cadáver de María Belén Bernal. Es atroz y aterrador. El país no aquilata (la prensa tampoco) lo que significa tener a un enjambre de asambleístas usando a Elizabeth Otavalo de comisión en comisión; pidiendo que investiguen la verdad del asesinato de su hija. Como si no tuviera en el el lugar equivocado; en compañía de canallas.

Es indigno haberla convencido de que la Asamblea puede hacer esa labor, que cuenta con la potestad y las herramientas para ello y que lo logrará en un mes. Es ruin haber consumado ese uso político con una madre en duelo. Es despreciable haber construido un escenario en el cual no importa ni el asesinato ni el dolor de esa familia: importa el rédito político que sacarán el correísmo y sus aliados, sólo con el ánimo de afectar al gobierno de turno. Hay que haber traspasado algunos límites éticos y de humanidad para ello.

Estas imágenes, estas prácticas no escandalizan. Como si fuera evidente que una madre, afligida y urgida por saber la verdad sobre el destino trágico de su hija, debiera contar con el concurso de políticos carroñeros.  Como si el país no supiera de lo que son capaces asambleístas como Fernando Cabascango, Mireya Pazmiño, Virgilio Saquicela, Johanna Moreira, Pamela Aguirre, Mario Ruiz… y decenas más. Se conocen sus informes y sus votos. Se sabe de su obsesión y de sus intentos para -usando o inventándose cualquier pretexto- tratar de sacar del poder al presidente de la República.

Es inaudito que esas imágenes y esas prácticas abyectas y sórdidas no escandalicen. Tampoco escandalizaron las noticias que vinculan al correísmo con el narcotráfico. Como si fuera lógico que líderes y asambleístas del mayor partido del país, con mayor representación legislativa, tuvieran que fotografiarse con personajes sospechosos y acusados de ser narcos.

El correísmo, independientes, los mal llamados rebeldes de Pachakutik, de la ID, y también algunos socialcristianos, ya borraron la decencia, la ética, la honestidad del mundo en que se mueven. Y aquí no interesa si la ética está referida a una categoría universal o al vínculo entre un sujeto político y la exigencia de la realidad. Tener que ser ético porque se cree en un imperativo categórico y se respeta la ley. O porque se tiene que zanjar un dilema forzoso: resistir o sucumbir.

El hecho cierto es que hasta la evocación de lo ético desapareció del ámbito en el que actúa el correísmo y sus aliados: esos políticos solo hablan de objetivos, resultados y suma de votos. Ahora han montado una nuevo operativo político que piensan ganar gracias al uso despreciable del asesinato de María Belén Bernal.

Todo esto conduce a una comprobación irremediable: los correístas y sus aliados no parecen tener límites infranqueables. Se han quedado sin líneas rojas. La ética ha sido reducida a un asunto privado y si la invocan, es como parte del doble discurso que los caracteriza. En su vida y en sus prácticas, la ética es un cascarón vacío. Ecuador está, en buena medida, en manos de esa gente: los canallas. (JOSE HERNANDEZ – 4 PELAGATOS)

Foto: diarioExtra