¿Qué quiere comunicar el presidente?

Cuarta (última) entrega de una serie en la cual la ficción política (lo que pudo ser o hacer Lasso) se codea con la realidad (lo que no hará Lasso porque él cree que como están él y su gobierno, están bien).

El gobierno de Guillermo Lasso ha tenido (tiene) un enorme problema de comunicación. Y, claro, lo obvio en ese caso, es señalar al responsable del área, al secretario de Comunicación. No es tan sencillo. La buena comunicación -a menos que sea propaganda como ocurrió en el gobierno de Rafael Correa- es el resultado de una buena estrategia política.

¿Y cuál es la estrategia política del gobierno? Ese interrogante, si fue respondido, nunca fue claramente comunicado. ¿Qué quiso ser, qué quiere ser este gobierno? ¿Cuál es su marca, su identidad política?

El propio presidente generó amplias interferencias desde el inicio. Incluso desde antes de posesionarse, porque él hizo su carrera política como opositor del correato. De hecho, ganó porque alrededor de su candidatura se congregaron todas las fuerzas anticorreístas. Inexplicablemente, Lasso hizo, apenas ganó, una alianza con Rafael Correa y Jaime Nebot; alianza que deshizo por el trauma que creó entre sus electores, seguidores y amigos.

Lasso con su gesto borró todos los límites políticos y éticos que lo separaban del correísmo. Y arrancó el gobierno con una duda que, si se analiza el número de correístas que hay y siguen llegando a su gobierno, sigue latente: ¿tiene un acuerdo con el correísmo? ¿Y si lo tuviera, ¿cómo se explican las tentativas de golpe de Estado y las miserias que cometen a diario en su contra los asambleístas que responden al prófugo refugiado en Bélgica?

Es claro que Lasso no fue elegido para enfrentar al correísmo sino para resolver los problemas del país. Pero es inevitable pensar que el correísmo es, con el narcotráfico y los ardores golpistas de Leonidas Iza, el principal factor de inestabilidad que tiene el gobierno. Y el país. Y la duda que rodea al gobierno, sobre su verdadera relación con el prófugo, incide -y mucho- en la percepción que tiene la opinión sobre el derrotero estratégico del gobierno. Esa interferencia cuenta -y mucho- en su credibilidad. ¿Lasso no ve que su electorado se está alejando?

Ese factor incide en la interrogante fundamental, no resuelta, que acarrea el gobierno: ¿qué quiere ser? ¿Qué cree que es? Es claro que si un día quiso ser un gobierno de partido, pensando en una reelección (sueño que algunos amigos de Lasso acarician), esa ilusión mutó en quimera. El gobierno de Lasso -cuya debilidad política es inocultable desde el mismo día de su elección- podía aspirar a ser un gobierno de transición. Es decir, consumar la ruptura política con el correísmo que inició Lenín Moreno, y ocuparse de la economía.

Sin embargo, Lasso evitó siempre la dimensión ideológica-política del dilema que tenía enfrente. No lo encaró pensando -¿por mera ingenuidad?- que el correísmo adhiriría a algunas de las leyes propuestas, precisamente para sacar adelante al país en el campo económico, donde el gobierno se refugió.

¿Qué linea de comunicación podía seguir este tortuoso recorrido estratégico del cual nadie sabe quiénes han sido los responsables conceptuales? En su momento, Eduardo Bonilla, secretario de Comunicación hasta el 17 de junio pasado, fue intensamente criticado, dentro y fuera del gobierno, por la mala comunicación. ¿Qué debía comunicar?

Su agenda no se concentró en la parte medular de la estrategia política sino en la bitácora de acciones del presidente Lasso. Y en esa confusión, al parecer, sigue el gobierno: creer que la suma de acciones del primer mandatario reemplaza el rumbo, los objetivos, los mensajes, las acciones, el posicionamiento político y administrativo que el equipo de gobierno debe manejar. Y eso es lo que un secretario de comunicación apoya para que los ciudadanos sepan lo que hace el gobierno, por qué lo hace y lo que tienen derecho a esperar. Y en cuánto tiempo.

El presidente comunica cifras y datos de su gestión; y lo volvió a hacer en las fiestas de Guayaquil. Esos datos no sobran. Pero el país no lo ve como auditor de su gestión. Ese es desfase que hay en la comunicación que quizá acierte el día que el propio gobierno responda qué quiere ser y entienda que, además de una buena gestión económica, el país necesita guía, horizonte, conducción, dirección y liderazgo. Y eso también implica enmarcar la gestión y los resultados en una dimensión ideológica-política. En suma, buenas cuentas y un buen cuento. No prácticas sin ideas.

En Argentina aún se recuerda cómo Mauricio Macri sólo se dedicó a encauzar la economía para superar los enormes desastres creados por el kirchnerismo… Y volvieron los rateros al poder. (JOSE HERNANDEZ – 4 PELAGATOS)

Foto: Presidencia de la República.