Tras los narcos, vienen los conspiradores

Ayer el presidente Guillermo Lasso se instaló en el Puesto Unificado de Mando en Guayaquil. En la madrugada, a las 00:28, hizo saber en Washapp que, en helicóptero, iba a “sobrevolar Guayaquil para supervisar operaciones de seguridad”. Y publicó cuatro fotografías.

El presidente lideró las acciones contra la delincuencia. Y puso fin -así se espera- a la disonancia política e iconográfica que hubo durante los últimos días. Por un lado, un presidente inaugurando obras y, por otro, eventos tétricos en Esmeraldas donde estuvo el Gobierno, pero no él.

Lasso en Guayaquil, encabezando acciones, es la imagen que requería la situación de terror creada por los ataques de las mafias y la muerte de cinco policías. El presidente asume su tarea en condiciones de desventaja. No ha dado paso, sin embargo, a otras acciones que son esenciales en este momento: fijar las tareas que impone el momento y coordinarlas con las otras funciones del Estado, con la Asamblea y estamentos representativos de la sociedad.

¿Se requieren leyes específicas? Sí. Y hay clara evidencia en dos de las tres últimas preguntas que envió el Ejecutivo a la Corte Constitucional para la Consulta Popular. Leyes urgentes que debe tramitar la Asamblea. Es claro que el Ejecutivo debe mostrar iniciativa y poner, ante la opinión nacional, a la Asamblea frente a sus responsabilidades.

Es inverosímil que esa Asamblea, que se reúne hasta para rechazar el inexistente bloqueo contra Cuba, no ha condenado los actos de terrorismo aquí. Peor: algunos de sus miembros -del correísmo, pero no únicamente- están usando el terror como telón de fondo para volver a conspirar. No hay que ser politólogo ni semiólogo para entender los mensajes que se esconden tras los tuits de gente señalada por nexos con las pandillas o con narcos metidos en una piscina, como Ronny Aleaga. Recaderos de Correa como Marcela Holguín, Fernando Cedeño o Jahiren Noriega. Incluso en personas que fueron funcionales al proyecto concentrador y corrupto del prófugo, como Diego Borja. El movimiento indígena hace parte de la dinámica golpista si se juzga por el comunicado de la Conaie en el que solapa la acción de las mafias y endosa la violencia al «estado colonial». Salvador Quishpe milita por la salida de Lasso aludiendo a una figura que solo Lasso puede activar.

Rafael Correa, que solo piensa en el caos para poder limpiar sus expedientes judiciales y volver, no puede ocultar sus ímpetus conspirativos. «Vamos entonces de las palabras a las acciones, dice hoy en un tuit en su cuenta de twitter-. con 92 votos en la Asamblea -que los socialcristianos anteriormente negaron- se pueden anticipar elecciones y buscar una salida democrática a esta pesadilla». ¿Salida democrática a esta pesadilla? Él piensa en Lasso; no en las pandillas. Y retuitea a aquellos troles que, estando a su servicio, comentan sin vergüenza los mensajes de los delincuentes. Así el correísmo conspira con pendejómetro en mano. En el comunicado que publicó hoy endosan al culpa de lo sucedido al presidente Lasso y piden, en los hechos, que se vaya a la casa.

Los correístas y los mal llamados de rebeldes de Pachakutik han perdido el más mínimo sentido de decencia. Cualquier político honesto -o al menos pragmático- entendería que conspirar en este momento es decir alto y fuerte que quieren hacer cama común con el crimen organizado. Las bandas que están poniendo bombas, aterrorizando, extorsionando y asesinando policías no están haciendo daño a Guillermo Lasso: están lastimando al país y a sus ciudadanos. Pensar que se puede tergiversar la realidad al punto de hacer creer que el culpable de todo esto es Lasso y no los criminales, es haber perdido realmente el sentido de los límites.

El Ejecutivo tiene otra oportunidad para poner en evidencia la desconexión total que hay entre la Asamblea y el país-real. Y tiene dos posibilidades más: poner esa Asamblea ante las tareas institucionales que le competen ante la tragedia y demostrar, con creces, que una buena parte de ese poder es, en realidad, la representación política del narcotráfico y otras bandas violentas.

El dilema está en hacerlo con decisión o volver a padecer un asedio conspirador al amparo tramposo de alguna figura constitucional. El reto es entender que hay que poner a esa Asamblea contra la pared: no solo debe legislar contra la delincuencia; debe trabajar de la mano con la Justicia porque se requieren jueces sin rostro o cortes especiales donde puedan ser juzgados los criminales sin que fiscales y jueces puedan ser amenazados, comprados o asesinados.

Liderar no es solo estar en el Puesto Unificado de Mando. Es coordinar como primer mandatario con todas las funciones del Estado y evitar que los cómplices políticos de la delincuencia conspiren contra la institucionalidad. Para eso hay que actuar con decisión en el campo político, como en el militar, y hablar claro, no con metáforas y sin nombres como lo hace Francisco Jiménez, ministro de Gobierno. (JOSE HERNANDEZ – 4 PELAGATOS)

Foto: Asambleístas correístas/Asamblea Nacional.