Sí, los corruptos siempre fueron ellos

Jorge Glas salió de la cárcel porque un juez-esperpento, como hay tantos en el país, así lo determinó. Y jueces -como Emerson Curipallo, de Santo Domingo- vuelven la justicia un juego de tahúr en casino de mala muerte. Que salga de la cárcel 4 de Quito y vaya a su casa en Guayaquil era una crónica pronosticada y escrita. Que incluye el relato fantasioso del líder-prófugo y su ejército de troles: Glas está libre porque es inocente.

Esa narrativa es más copiosa y radica en sembrar una idea: Jorge Glas no es un delincuente condenado por corrupción. Es un perseguido político cuya inocencia -como la no-pipa de Magritte– está a la vista. Virgilio Hernández, cuya zalamería con el prófugo es proverbial, afirma que Glas no estuvo preso por delincuente sino por correísta y por ser un militante del progresismo. Hernández parece decidido a mostrar que en este operativo surrealista sus automatismos síquicos andan tan alterados como los políticos.

Glas, entonces, no solo es inocente: es un mártir. Una víctima que los corruptos tuvieron cuatro años en sus mazmorras. Su liberación era “cuestión de tiempo” y augura el retorno de todos ellos al poder. Ya falta poco, dice cada día Correa en sus trinos. Y los corruptos -que nunca fueron ellos- esos opositores y críticos miserables, van a pagar. Las siete plagas de Egipto son castigos gozosos al lado de lo que les prepara.

Glas blanco como la nieve, inocente y ejemplar, es un ser sacrificado. Guardó silencio. No se quebró. No delató. Nada reconoció. Aguantó. Nada devolvió. Fue a la cárcel mientras el macho alfa está prófugo. No es un simple ex vicepresidente que un juez-esperpento mandó a la casa. Es un ícono. Un revolucionario. Un ser política y moralmente superior. Casi un santo. El emblema de la causa.

Oír a Rafael Correa y a Paola Pabón, seguir a los Virgilios Hernández y a las Mónicas Palacios, es un verdadero ejercicio existencial con un dilema de por medio: quien los oye padece la extraña sensación de estar profundamente dormido o habitar en una dimensión paralela. Ese es el reto que el correísmo ha emprendido ya no con sus opositores, sino con la realidad: borrar los hechos, licuar la memoria pretendiendo dar cuerpo -y cuerpo social- a sus espejismos.

Glas, es evidente, no puede ser un delincuente. Admitirlo sería confesar lo que ellos fueron: una banda dedicada a esquilmar recursos públicos, a  farrearse buena parte de la bonanza petrolera, a endeudar sin miramientos al país, a hacer contratos secretos y lesivos con los chinos, a perseguir a opositores y críticos, a enriquecerse como había hecho parte de la partidocracia que tanto denunciaron.

Glas es un punto de quiebre que el correísmo tiene, por sobrevivencia, que proteger. Él habría podido hablar y el cartel, todo el andamiaje del cartel, se hubiera venido abajo. Por eso Glas no puede ser sinónimo de sospecha o corrupción. Él solo puede ser una víctima. Ese estatus es innegociable para el correísmo. Y quien dice víctima entiende irremediablemente inocente. E impune. Eso explica este operativo surrealista destinado a borrar hechos, evidencias, sentencias…

En ese intento demencial, el correísmo está condenado a decir que Odebrecht y su estela de corrupción no existió. No con ellos. Tampoco los sobornó como se ve en grabaciones y fue admitido por Marcelo Odebrecht y sus representantes en Ecuador. No, Odebrecht no entregó 13,5 millones de dólares a Ricardo Rivera, tío de Jorge Glas. Y por supuesto el video donde Rivera negocia con José Conçeicao, o en el que cuenta dinero y se lo lleva en mochilas, son meras ilusiones ópticas.

Borrar hechos y licuar la memoria es una proeza que Correa ha logrado con sus cotorros y cotorras. Y ahora lo vuelve a intentar con toda la opinión. Pretender hacer creer que lo que vivió, observó y cotejó no existió. Que todo fue producto de la imaginación de unos o del odio (en el cual ellos son expertos) de otros.

Que ni robaron ni hubo sobreprecios ni sobornos. Y que si hay un culpable, es el país que no les hace odas y rehúsa ese mundo paralelo que solo existe en su discurso, donde ellos son seres puros e inocentes. Seres superiores y casi santos como el corrupto Jorge Glas. (JOSE HERNANDEZ – 4 PELAGATOS)

Foto: El Universo.