Los estúpidos del correísmo funcionan a control remoto

El mecanismo es el mismo: las asambleístas del correísmo siguen al pie de la letra las instrucciones que les envía un gran hermano que las observa y se lanzan con agresividad a acribillar a la víctima de turno. Para esto, leen con grandísima concentración el guión que llevan escrito, en textos desplegados en sus pantallas  o que les llega a sus whatsapps.

Este mecanismo de acecho y cacería se escenificó el miércoles por la tarde, durante casi dos horas, en la Comisión de Transparencia de la Asamblea, presidida por el rabioso correísta Ferdinan Álvarez. Hasta ahí llegó el canciller Juan Carlos Holguín, convocado para que informe si se cumplieron o no las medidas cautelares que la Corte Interamericana de Derechos Humanos, CIDH, dictó en el caso de Jorge Glas.

Llevar al Canciller era una jugada importante para el correísmo. Según el razonamiento de sus estrategas, con el espectáculo de acoso se advertía al Gobierno que en sus manos está la posibilidad de enjuiciarlo políticamente. La comparecencia también se antojaba, para esos estrategas, el escenario perfecto para que sus legisladoras montaran un discurso según el cual Glas no es únicamente una víctima de la persecución política o lawfare: es un mártir que ha entregado su vida a la lucha para liberar al pueblo de las fuerzas del mal y del fascismo. El canciller nada tiene que ver con proceso judicial, pero para dar cuerpo a la amenaza era necesario llevarlo al sacrificio.

Pues bien, a eso fueron Pamela Aguirre, Esther Cuesta, Mónica Salazar, Rosa Belén Mayorga y Melissa Zambrano. Se sumó, aunque circunstancialmente pero en el mismo guión, Ferdinan Álvarez. Las cinco, sin el mínimo temor a quedar como muñeco de ventrílocuo, leyeron casi todo lo que dijeron durante la comparecencia. Unas, como Pamela Aguirre, Melisa Zambrano y Rosabelén Mayorga, recurrieron a las páginas impresas; otras como Esther Cuesta a los textos que aparecían en las pantallas de su Ipad, teléfono y computador. Todas, eso sí, estuvieron atentas de sus chats de WhatsApp y, cada que les llegaba un mensaje, levantaban la mano para pedir la palabra y echarle puyazos al Canciller.

La lectura metódica hacía que cuando decían algo que querían que sonara personal, y con tono emocional, resultara evidentemente impostado. Melissa Zambrano, por ejemplo, con acento de telenovela mexicana, dijo sin apartar sus ojos de su hoja de papel «¿qué más necesita un ser humano, qué más maltrato necesita, qué más tiene que hacer para que se le respeten sus derechos humanos?».

Ninguna de las cinco parecía entender lo que decía el Canciller que se cansó de explicar que no era él, sino las autoridades encargadas de las cárceles las que tenían que explicar si Glas, como ellas decían, hacía popó en su celda o si tenía que usar una botella para guardar su orina. Ninguna de las cinco, tampoco Álvarez, fueron capaces de entender (claro, estaban concentrados en leer) que si una misión de la CIDH vino al Ecuador para reunirse con Glas y en sus conclusiones no dijo que se habían incumplido las medidas cautelares, la lógica dice que, en efecto, el gobierno cumplió con ellas.

Cuando Holguín dijo que Glas no era perseguido sino que estaba preso cumpliendo dos sentencias por corrupción, una por el caso Odebrecht y otra por el caso Sobornos, pareció que el mundo se les vino abajo. Pamela Aguirre recurrió inmediatamente a sus textos y empezó a recitar el trillado argumento de que si la Interpol no lo quiere apresar y que si Bélgica ha concedido el refugio, quiere decir que Correa es inocente. Y que si Correa es inocente, Glas también lo es.

Mónica Salazar -con agresividad ensayada- hizo un vano esfuerzo para que no le notara que estaba repitiendo lo que decía uno de los mensajes que recibió, sacó el manido tema del influjo psíquico para invalidar la sentencia en el caso Sobornos. ¿Qué tenía que ver el Canciller con la sentencia? Fue tan grosero el intento del correísmo por posicionar el tema de la sentencia de Correa y tratar de involucrar a Holguín, que Ferdinan Alvarez le preguntó, desafiante y petulante en dos ocasiones, si al menos había leído uno de los cuerpos del juicio.

Esther Cuesta protagonizó el momento cumbre, cuando comparó a Glas con el teórico marxista italiano Antonio Gramsci. Según ella, ni siquiera el régimen de Mussolini fue capaz de tratar tan mal a alguien como Lasso lo ha hecho con Glas, al no permitir que salga libre para hacerse tratar de sus males. ¿Sabrá Cuesta quién fue Gramsci? En todo caso dijo que durante el fascismo se le permitió salir de la cárcel. Lo dijo con la mirada puesta siempre en su Ipad y sin mencionar que si el italiano salió de la cárcel fue porque estaba desahuciado y murió seis días después.

Preparar el terreno para un hipotético juicio político al Canciller y elevar a Glas al altar de los mártires de la lucha popular y antifascista, fue el tenor de la comparecencia. «Por un mundo sin fascismo», leyó al final la inefable Pamela Aguirre en tono lírico. Todo en un esquema que no solo refuerza la percepción sobre las limitaciones intelectuales de los asambleístas sino que pone en el tapete el manejo a control remoto que se ejerce sobre ellos. Hay un cuarto de guerra desde donde sale todo: los informes, las intervenciones y hasta los tuits. Es vox populi en la Asamblea. (MARTIN PALLARES – 4 PELAGATOS)

Foto: Asamblea Nacional.