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Así se gestaron las 22 bandas más peligrosas de Ecuador

A orillas de uno de los brazos de mar que atraviesan todo Guayaquil, en el sector del Guasmo, que es uno de los barrios más grandes del sur de la ciudad, hay una calle con casas pequeñas levantadas de ladrillos, caña, madera y techo de hojas de zinc. Están construidas unas a lado de la otras, algunas hasta comparten la misma pared.

Diario El País de España, narra que son 500 metros de asfalto, cemento y pobreza que oficialmente se llama Pueblo Nuevo, pero la conocen como el Cuartel de las Feas, como la famosa telenovela, Betty la Fea. De este sitio surgió la banda delincuencial que se bautizó con ese nombre y que ahora es objetivo militar tras la firma de un decreto presidencial que declaró el estado de guerra en Ecuador.

El Cuartel de las Feas tiene un centenar de miembros que se une con otras células criminales que operan en barrios aledaños, se dedican a secuestrar, extorsionar y a cometer toda clase de robos, celulares y especialmente de motos. “Roban motos todas las semanas”, comenta uno de los moradores de la zona.

Operar en colaboración con otras pequeñas bandas es una forma de cubrirse también las espaldas entre sí y ampliar sus guaridas para esconderse, pero todos responden a un jefe que es de una banda criminal más poderosa, que también es objetivo de los militares: Lagartos.

No es extraño ver tatuadas las paredes con su símbolo en las paredes de los barrios para recordarle a otros grupos quién manda ahí. Después del martes 9 de enero, cuando vieron su nombre en el decreto, los del Cuartel de las Feas “desaparecieron, se escondieron”. Después los vimos caminando por el barrio como si nada, pero ya no lo hacen en moto”, pero con el transcurso de los días, hoy han aparecido de nuevo merodeando las calles, “ellos saben cómo tomarle el pulso a los militares, dónde andan y cómo moverse”.

Según el decreto presidencial, hubo una exacerbada presencia de bandas criminales desde el 2014, hasta marcar a 22 de ellas como terroristas, pero la Policía tiene identificadas a muchas más. La línea de tiempo empieza en 1985, con la creación de la banda los Queseros, en el barrio San José, en la ciudad de Manta, otro puerto estratégico para el tráfico de drogas y para el lavado de dinero que pertenece a la provincia de Manabí.

San José es conocido también como el barrio 7 Puñaladas. Eran los noventa, y los moradores se encontraban cada mañana con muertos en las aceras de sus casas. Fue ahí, a orillas del Pacífico, donde se gestaron las bandas más peligrosas de Ecuador, que aparecen en el mapa delincuencial de las autoridades, como Los Queseros, Los Corvicheros y Los Choneros, eran muchachos que se dedicaban a la pesca y al comercio, salían con sus canastas de mimbres a las calles, hasta que un día decidieron cambiar la venta de queso y corviches (un plato típico de Manabí) por droga, lo que detonó en una pelea por territorio y poder, aunque en ese entonces la violencia no era comparable con lo que sucede en la actualidad, ni escalaba fuera de esos perímetros.

Con el tiempo, los líderes de los Queseros y Corvicheros fueron asesinados y Los Choneros lograron prevalecer y mantener la hegemonía de la criminalidad en el país durante una década, tiempo suficiente para reclutar a más personas y empoderarse con armas. Por las calles de 7 Puñaladas, caminaba Jorge Luis Zambrano, alias Rasquiña, quien unos años después se convertiría en el líder absoluto de Los Choneros, que logró el control de las bandas que surgían para operar en conjunto, como los Chone Killers, Tiguerones, Lobos y Lagartos, todos están ahora en la lista de objetivos militares del Gobierno.

La criminalidad estaba dirigida por un solo interlocutor que era Rasquiña, quien cumplió parte de una sentencia por asesinato en la cárcel de Guayaquil, y de esa manera se consiguió, por varios años, que los niveles de inseguridad estuvieran igual o por debajo que el resto de países de la región, hasta que Rasquiña salió de prisión y fue asesinado en diciembre de 2020. Con el trono vacío, la disputa por el liderazgo provocó masacres en las cárceles y fracturó a Los Choneros. Quienes no estuvieron de acuerdo con los nuevos líderes, se separaron y conformaron nuevas bandas.

Ahí inicia una explosión de grupos criminales que según el Gobierno son el detonante de la actual crisis de inseguridad que vive la nación, que se gestaron desde las cárceles, y que sirvieron también como lugares de entrenamiento para el crimen. Pisar las cárceles es estar obligados a escoger una banda para sobrevivir al interior. Así entre todas los grupos identificados por el Gobierno, estiman que tienen un ejército de 20.000 personas que mantienen en jaque al Estado ecuatoriano en ataques simultáneos en todo el país y que han provocado una ola de violencia sin precedentes.

La banda de los Lobos es la que más poder ha adquirido en los últimos tres años. Debido a las conexiones con el cartel Jalisco Nueva Generación, ha logrado diversificar su cartera de delitos a campos como la minería ilegal. Según la Policía, detrás de una de las más grandes explotaciones de minería que están en la zona montañosa de los Andes en la provincia de Imbabura están los Lobos, que reactivaron la mina La Merced, después de que fue cerrada en un operativo militar en 2019, que se consiguió con un estado de excepción para incursionar en la zona que estaba blindada por los criminales. En ese entonces, el operativo reveló que más de 7.000 personas estaban dedicadas a la minería ilegal y se identificaron otros delitos como explotación sexual, tráfico de personas y de armas.

El actual mandatario de Ecuador, Daniel Noboa, asegura que no negociará con los criminales, que piden un diálogo. Lo dijo después de que uno de los fugados en los últimos motines carcelarios, Fabricio Colón Pico, miembro de los Lobos, reapareció a través de un video diciendo que podría entregarse si es que el Estado garantiza su vida. En otro video, alias Palanqueta, cabecilla de los Lobos en la cárcel Turi de Cuenca, donde tienen secuestrados a 21 guías penitenciarios, culpa al presidente del caos en el país por no entrar a un diálogo de paz. (DIARIO CORREO)