Hay una contradicción silenciosa que atraviesa nuestra sociedad moderna.
Nos declaramos católicos.
Nos persignamos al salir de casa.
Celebramos Navidad, Semana Santa, bautizos y procesiones.
Llenamos templos cuando llega el dolor…
y levantamos los ojos al cielo cuando la vida se vuelve difícil.
Decimos creer en Dios.
Pero cuando ocurre algo que desafía nuestra lógica…
cuando aparece aquello que no puede explicarse con la razón humana…
entonces dudamos.
Nos incomoda.
Nos escandaliza.
Nos apresuramos a negar.
Somos creyentes… hasta que aparece un milagro.
Porque en ese instante nos transformamos en el apóstol Tomás el Apóstol:
ver para creer.
Y aun viendo… exigimos más pruebas.
Decimos creer en un Dios todopoderoso, creador del universo, dueño del tiempo y de la vida… pero afirmamos con absoluta seguridad que ciertos hechos “no pueden pasar”.
Entonces surge la pregunta inevitable:
¿Creemos realmente en Dios…
o solo creemos en un Dios limitado por nuestra comprensión?
Porque si Dios todo lo puede, ¿por qué nos resulta imposible aceptar que pueda manifestarse?
Hoy muchos hablan de un hecho ocurrido en la Iglesia Nuestra Señora de Guadalupe: una imagen de la Virgen que habría derramado lágrimas de sangre. Algunos aseguran que ha sido verificado; otros lo descartan inmediatamente como fraude, sugestión o manipulación.


Y quizá el punto no sea demostrar científicamente si ocurrió o no.
Tal vez el verdadero milagro no esté en la imagen.
Tal vez el milagro pendiente… somos nosotros.
Porque hemos llegado a un tiempo extraño: creemos sin creer. Rezamos sin confiar. Pedimos sin esperar respuesta.
Aceptamos sin dificultad que hace más de dos mil años el mar se abrió, que los ciegos vieron, que los muertos caminaron y que Cristo resucitó.
Eso lo proclamamos con firmeza.
Pero si algo sucede hoy, en nuestro tiempo, frente a nuestros ojos… inmediatamente lo negamos.
Como si Dios hubiera dejado de actuar.
Como si los milagros hubieran caducado.
Como si el cielo hubiese cerrado sus puertas después del Evangelio.
Nos hemos vuelto hombres y mujeres de poca fe.
Queremos evidencia divina certificada, sellada y aprobada por nuestra comodidad intelectual. Parece que necesitamos que Dios descienda nuevamente para convencernos de que existe.
Pero la fe nunca fue certeza matemática.
La fe es confianza.
La fe es esperanza.
La fe es abrir el corazón cuando la razón ya no alcanza.
Un milagro —sea extraordinario o silencioso— no busca impresionar, busca despertar.
Despertar la caridad.
Despertar la oración.
Despertar la compasión hacia el prójimo.
Porque de nada sirve discutir si una imagen lloró… mientras nosotros permanecemos incapaces de llorar ante el sufrimiento humano.
¿De qué sirve cuestionar un signo del cielo si ignoramos al pobre, al enfermo, al abandonado?
Tal vez Dios no intenta convencernos con prodigios espectaculares.
Tal vez intenta recordarnos algo más simple y más profundo:
que aún está presente.
Que aún escucha.
Que aún ama.
Que aún espera que volvamos a creer de verdad.
El problema no es la falta de milagros.
El problema es un corazón que ya no sabe reconocerlos.
Cada vida salvada.
Cada perdón otorgado.
Cada acto de amor desinteresado…
es también un milagro.
Quizá la Virgen no llora para probar algo.
Quizá llora por nosotros.
Por una humanidad que perdió la capacidad de asombro.
Que sustituyó la fe por el sarcasmo.
Y la esperanza por la sospecha permanente.
Hoy más que nunca necesitamos volver a creer.
No con fanatismo…
sino con humildad.
No para discutir prodigios…
sino para vivir el Evangelio.
Porque el mayor milagro no es que el cielo toque la tierra.
El mayor milagro sería que nosotros, finalmente, dejemos de dudar…
y aprendamos otra vez a creer.
A creer sin condiciones.
A amar sin cálculo.
A servir sin esperar recompensa.
Porque tal vez —solo tal vez—
Dios sigue obrando milagros todos los días.
Y el único que falta…
es el milagro de nuestra fe.
Por: FERNANDO SALAZAR

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