LA MADRE LLORA SANGRE… Y NADIE QUIERE ARRODILLARSE

Cuando una madre llora… el cielo tiembla.

Y cuando esa madre es la Virgen —la Santísima, la escogida, la pura—
y sus lágrimas son de sangre… entonces ya no estamos frente a un hecho cualquiera.

Estamos frente a un mensaje divino.

En Ambato, una imagen de la Virgen de Guadalupe ha conmovido a quienes aún tienen fe… y ha incomodado a quienes la perdieron hace tiempo.

Porque el mundo de hoy no quiere creer.
Prefiere burlarse.
Prefiere negar.
Prefiere reducir lo sagrado a “explicaciones”.

Pero hay cosas que no se explican…
se disciernen.

¿Y qué se discierne aquí?

Dolor.
Dolor de madre.

Dolor por una humanidad que se ha apartado de Dios.
Dolor por una sociedad que ha reemplazado la fe por el dinero, la moral por el relativismo, la verdad por la conveniencia.

Hoy el pecado no solo existe…
se celebra.

Se destruye la familia.
Se desprecia la vida.
Se glorifica la corrupción.
Se pacta con el mal.

Y mientras tanto, el hombre moderno —soberbio, arrogante— cree que no habrá consecuencias.

Pero la historia ya lo ha demostrado:
cuando el ser humano le da la espalda a Dios… el sufrimiento llega.

Siempre.

Por eso estas lágrimas no son un espectáculo.
No son curiosidad.
No son noticia pasajera.

Son advertencia.

La Virgen María no necesita hablar con palabras.
Su dolor es suficiente.

Está llorando por sus hijos.
Por los que han caído.
Por los que se han perdido.
Por los que aún están a tiempo… pero no quieren escuchar.

¿Y qué hace el mundo?

Duda.
Cuestiona.
Exige pruebas.

Como si Dios tuviera que rendir cuentas a los hombres.

Como si la fe necesitara permiso de la ciencia para existir.

Pero cuidado…

Porque ignorar los signos nunca ha terminado bien.

Las lágrimas de sangre no son castigo…
son misericordia.

Son el último llamado antes del silencio.
Antes de que la conciencia se apague por completo.
Antes de que ya no haya retorno.

Hoy no es momento de burlarse.
No es momento de teorizar.

Es momento de arrodillarse.

De mirar al cielo.
De examinar la propia vida.
De preguntarse en qué momento nos alejamos tanto de Dios.

Porque lo verdaderamente grave no es que una imagen llore sangre…

lo verdaderamente grave es que la humanidad haya dejado de temerle a Dios…
y, peor aún, haya dejado de amarlo.

Y cuando eso ocurre…

ni siquiera las lágrimas de una madre son suficientes para despertar a sus hijos.

Por: FERNANDO SALAZAR