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Taylor Swift, la churrera del pop que ha hecho de sus rupturas sentimentales un arte

o es ningún secreto que Taylor Allison Swift, la chica de los récords, la eterna reina del instituto, nació en 1989, ya que así llamó a uno de sus más famosos -y aclamados- álbumes. Lo que quiere decir que, a sus 35, tiene un currículum del que ninguna otra artista, o persona humana, puede presumir. La plusmarquista del pop acumula premios y trofeos para llenar una de sus mansiones

Es la única cantante que ha despachado más de un millón de copias de siete de sus trabajos en una época de ventas exiguas; todos sus discos (once en menos de dos décadas de carrera) han sido número 1 en Estados Unidos, en Spotify tiene canciones que llevan miles de millones de reproducciones… y su actual gira, la que la trae a España por primera vez en un gran recinto, acabará como la más lucrativa de la historia. Con más de 150 paradas previstas, y a unos precios no precisamente populares, se calcula que podría recaudar más de 2.000 millones.

Lo tiene todo, pero quiere más. Porque su carrera se basa, precisamente, en ir siempre un paso adelante y que el mundo entero lo considere mejor. Porque en los últimos años ha ganado a su legión de fans a la crítica especializada, que nunca ha aplaudido, precisamente, a los artistas pop. Y, como muestra, sus 14 premios Grammy, los más importantes de la música, y los 4 que lleva a mejor disco del año, empatada con leyendas como Stevie Wonder o Frank Sinatra. Mientras estaba embarcada en este tour, una especie de autohomenaje en el que repasa canciones de sus distintas “eras” (y eso que aún no ha llegado ni a los 40), fue capaz de componer un nuevo disco con la friolera de 31 canciones en las que, además, texto no falta.

Taylor Swift en el Eras Tour

La nueva churrera del pop, que lanza discos cuando el anterior aún no ha bajado del top 10 en ninguna lista, es rubia, guapa y, además, muy lista. Conoce todos los entresijos de una industria en la que entró con 14 años y en la que se mueve como pez en el agua para saber en qué fecha conseguirá mejor recepción una nueva obra, cuántas versiones lanzar de cada LP para conseguir más ventas o dosificar sus apariciones públicas de tal manera que su presencia sea continua, pero no sature al personal.

De hecho, se podría considerar que hoy, Taylor Swift es directamente la industria. En un arriesgado movimiento, animada por su compañera Kelly Clarkson, decidió regrabar sus primeros discos con nuevos arreglos para sus canciones más antiguas, de manera que nadie pudiera ganar dinero con esos primeros temas. Así lo decidió después de que su primer representante comprara la discográfica con la que trabajó en sus comienzos y vendiera los derechos de sus temas.

Y en esas está aún, volviendo a sacar discos que apenas llevan unos años en el mercado, para reventar de nuevo las listas y hacer que los millones de personas que ya los tienen compren una nueva copia para evitar que nadie más gane se lucre con su arte. Un talento que se basa, ante todo, en la normalidad. Donde Madonna triunfó en sus transgresiones en un mundo que aún era pacato y con tendencia al escándalo, Taylor es la reina de la normalidad en unos tiempos en los que el descaro y la provocación son la norma.

Taylor Swift en el Eras Tour

Porque es así como la artista vende y se vende: una chica corriente, gracias a unas letras sobre el amor y el desamor, especialmente este último, lo suficientemente cotillas para contar sin demasiado detalle todas sus rupturas con famosos que no pueden acostumbrarse a su fama, pero, a la vez, con las que consigue que miles de niñas y adolescentes y mujeres adultas se puedan identificar. En el escenario musical actual, es la soberana del corazón partío. Hoy comparte su vida con el jugador de fútbol americano Travis Kelce, pero antes lo hizo con otros cantantes como Joe Jonas, Harry Styles o Calvin Harris, y con actores como Jake Gyllenhaal, Tom Hiddleston o Joe Aldwyn, destinatario principal de su última y celebrada entrega, The tortured poets department.

La historia de la música está plagada de temas de corazones rotos y desgarros tras relaciones fallidas. A Taylor Swift se le machacó en sus inicios por contar sus cuitas sentimentales. Fue acusada de moñas, de descafeinada, de provocar diabetes con sus apasionadas composiciones  e incluso de pérfida por contar lo que tantas otras y, sobre todo otros, han hecho miles de veces: dedicar a sus ex sus temas. Pero eso, lejos de desanimarla, solo la impulsó a mantener intacta su visión. Como el que ríe el último, ríe mejor, ella se carcajea de todo y de todos, y ha logrado elevar el género del melodrama melódico hasta las más altas cumbres.

Porque esta diva de andar por casa se vanagloria de no haber cambiado demasiado desde que, guitarra en mano, abandonaba su Pensilvania natal a los 13 años para trasladarse a Nashville para hacerse un hueco en la música country. No solo lo hizo, sino que consiguió revitalizar el género y cambiar años después al pop de autor sumando cada vez más adeptos. Y, en especial, adeptas. Porque si en algo sí ha mutado es en que cada vez le cuesta menos expresar sus opiniones. En lo político, tras años con un imperdible en la boca para no perder fans, reveló su apoyo a Biden en 2020, lo que se convirtió en Estados Unidos en casi un tema de Estado. El propio Trump la llamó “desleal”.

Pero si una causa ha apoyado en su ya longeva carrera esa es la del feminismo. Aunque los medios la hayan tratado de enfrentar a otras artistas coetáneas, ella no ha hecho sino acercarse a ellas y añadirlas a su squaduna conocida cuadrilla de estrellas entre las que se encuentran su íntima amiga Selena Gomez, Blake Lively o, más recientemente, Lana del Rey.

Es fija en todas las entregas de premios y se la ve coreando las canciones de sus compañeras aunque, a la hora de recoger trofeos, las obligue a irse de vacío ante su total autoridad.

Un poder que demuestra en su vasta producción discográfica, en vídeos que se convierten en icónicos a 24 horas de su lanzamiento y en giras como la actual, que llega esta semana en Madrid, y en la que toca más de 40 canciones durante tres horas y media. Una duración con la que se atreven muy pocos. Pero de ambición y de arrojo, tanto en lo musical como en lo empresarial, la Swift está más que sobrada.

Fuente: 20minutos.es

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