Los ojos del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se posan sobre Cuba luego de la captura del dictador venezolano, Nicolás Maduro, el pasado 3 de enero. En días previos han ocurrido situaciones que revelarían la posible caída del régimen castrista. Por ejemplo, la multinacional británica Unilever sacó del país a sus empleados y familiares. Por otro lado, Washington anunció aranceles a bienes de países que vendan petróleo a la isla.
Bajo este contexto, el presidente estadounidense ofreció nuevas declaraciones, donde revela que están conversando con «las más altas esferas de Cuba» a lo que sumó la probabilidad de “llegar a un acuerdo» con ellos. El mandatario no ofreció más detalles, pero sus palabras son suficientes para añadir más presión sobre la dictadura que dirige Miguel Díaz-Canel, la cual busca mantener a flote su negativa de supuestas «agresiones» por parte de Washington.
La Administración Trump es consciente de la influencia que ejerce el castrismo en América Latina. Al hacerse cómplice del chavismo en Venezuela y del sandinismo en Nicaragua, conformaron un eje izquierdista que se excusa en el «anti imperialismo» para exacerbar el control y los abusos del Estado, sin mencionar sus nexos con Rusia, China o Irán, enemigos geopolíticos de EE. UU. Sin embargo, con la captura de Maduro, también llegó el corte de suministro del petróleo de PDVSA, lo que agrava la permanencia del castrismo por eliminar una fuente que mantenía la billetera de la dictadura y abastecía su industria eléctrica. Más temprano, a bordo del Air Force One, Trump aseguró que ahora la situación «es muy mala» para ese país.
Washington vigila cada paso del castrismo
Trump también se refirió a la presidente de México, Claudia Sheinbaum. «Yo le dije, ‘mira, no queremos que envíen petróleo allí’, y ella no está enviando petróleo allí», dijo. Y es que bajo el gobierno de la mandataria, la estatal Pemex continuaba oxigenando al castrismo con envíos de millones de barriles de crudo y derivados. Una alianza que se consolidó con su predecesor, Andrés Manuel López Obrador.
Mientras tanto, el dictador Díaz-Canel busca mantener la fidelidad de sus bases. A pesar de que semanas antes admitió el fracaso del modelo comunista en la isla, que ha provocado una profunda crisis económica marcada por la escasez, la devaluación y la nula existencia de servicios básicos, como la luz, esta vez el mandatario dice que Washington está usando los «mismos pretextos» para «justificar una agresión a Cuba».
Lo cierto es que diga lo que diga el dictador, el Gobierno de Estados Unidos vigila de cerca cada movimiento de la dictadura. Un comunicado llegó desde la oficina de Asuntos del Hemisferio Occidental, del Departamento de Estado, luego de actos de repudio que recibió el jefe de misión de EE. UU en Cuba, Mike Hammer, durante su paso por Camagüey y Trinidad, donde seguidores del régimen le gritaron «asesino», «imperialista» y otros calificativos.
«El régimen ilegítimo cubano debe cesar inmediatamente sus actos represivos de mandar a individuos para interferir en la labor diplomática del Encargado de Negocios, Hammer y los miembros del equipo de la embajada. Nuestros diplomáticos continuarán reuniéndose con el pueblo cubano, a pesar de las tácticas fallidas de intimidación del régimen», escribió la oficina.

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