Gonzalo Calderón (Burgos, 1991) tenía apenas diez años cuando su vida dio un giro irreversible. Hasta entonces, su infancia transcurría como la de cualquier niño feliz, sin grandes sobresaltos. Pero un cansancio persistente comenzó a levantar sospechas. “Recuerdo que me iba sintiendo cada vez más cansado“, rememora hoy, con 35 años, en una entrevista con Informativos Telecinco. Nadie imaginaba que aquel síntoma sería el inicio de una batalla que se prolongaría durante décadas.
Lo que empezó como un posible caso de asma terminó revelando una realidad devastadora. Tras una radiografía, los médicos descubrieron un tumor. “Me vieron que tenía un tumor e ingresé durante un mes en el hospital“, explica. El diagnóstico fue un linfoma no Hodgkin en estadio 4B con metástasis. Un golpe brutal para un niño que apenas comenzaba a comprender el mundo.
Una infancia entre hospitales
Trasladado desde Burgos al Hospital Vall d’Hebron de Barcelona, Gonzalo inició un tratamiento durísimo: quimioterapia, radioterapia y un trasplante de médula ósea de su hermano. “No podía casi respirar, ni caminar, ni vestirme solo“, recuerda. La inmunosupresión posterior lo obligó a vivir aislado durante años. “Mientras otros niños acudían a clase, yo hacía los exámenes en casa. Eso me afectó a mis relaciones sociales”.
Aun así, logró regresar. “Volví en primero de Bachillerato curado al colegio“, afirma. “Ahí ya estaba limpio”. Había superado su primer gran obstáculo.
La vocación que nació del sufrimiento
Hoy, convertido en médico, Calderón reflexiona sobre lo que ha aprendido como paciente. En un acto en el Colegio de Médicos de Burgos, habló de la “bondad y la humanidad” de los profesionales que lo atendieron, pero también de “la falta de empatía” que a veces ha encontrado en el camino. Su experiencia, dice, “partió su vida en dos” y fue el motor de su vocación. “Supe que solo siendo médico podía hacer algo por los demásy es algo que sigo manteniendo en mi pensamiento”.
Su historia, como la de tantos pacientes oncológicos, comenzó cuando “estaba a punto de cumplir 11 años cuando me detectaron un Linfoma No Hodgkin“. Desde entonces, pruebas, diagnósticos y tratamientos marcaron su vida. “Estuve muchos años sin ir al colegio porque no podía relacionarme con la gente de forma normal, pero eso no me ha impedido seguir con mi sueño y hoy soy médico”, explica.
El regreso del cáncer: un enemigo persistente
Tras años de relativa estabilidad, el cáncer volvió cuando tenía 27 años. Esta vez, en forma de mesotelioma peritoneal, un tumor extremadamente raro. “Durante el curso, cada vez me iba encontrando peor, mucho cansancio de nuevo… No quería verlo, pensaba que era del agotamiento de tantas horas de estudio”, cuenta.
El diagnóstico fue demoledor: el peritoneo estaba “repleto de tumores“. La operación duró más de once horas. “Me abrieron de arriba abajo, me tuvieron que sacar todas las vísceras para ver qué estaba mal, y después volvieron a meter todo lo sano y me dieron quimioterapia intraoperatoria”. Salió del quirófano pesando apenas 47 kilos. “Era un espíritu“, recuerda.
Aun así, terminó la carrera y obtuvo una plaza como residente. Pero la tregua duró poco: tres meses después, el cáncer regresó.
Tumores más profundos y un gesto que lo cambió todo
La siguiente vez, el tumor estaba en una zona especialmente complicada, detrás del hígado. La quimioterapia no logró frenarlo. “Otro mesotelioma peritoneal. Y esta vez eran tumores más profundos a los que era más difícil de acceder”, relata.
Cuando llegó al aparcamiento del hospital de Fuenlabrada para ser intervenido, ocurrió algo que jamás olvidará. Unas 60 personas lo esperaban allí. “Venían de muchas partes de España solo para darme un abrazo”. Aquella escena transformó el miedo en serenidad. “Pensé que no me importaba morirme, estaba satisfecho de todo”. Lo recuerda, sorprendentemente, como “uno de los momentos más felices de mi vida“.
La operación salió bien, aunque no fue definitiva. Ese tiempo permitió que una inmunoterapia posterior redujera varios tumores. Una nueva oportunidad.
Seis cánceres y una vida vivida con intensidad
La enfermedad, sin embargo, no se detuvo. A lo largo de los años, su cuerpo ha desarrollado nuevos tumores: una obstrucción intestinal que reveló otro cáncer en el colon; un leiomiosarcoma en el costado; y otros derivados de la radioterapia infantil.
“Hay tumores que son genéticos, pero en mi caso ha sido por la radiación que me dieron de niño“, señala. Sabe que “teniendo todas las papeletas compradas para desarrollar cánceres”, debe cuidarse al máximo. “Soy muy deportista, hago escalada, no fumo, no bebo… Intento cuidarme al máximo porque si estoy bien de forma, el proceso para recuperarme tras una operación será más eficaz“.
Actualmente, Gonzalo es médico de familia en un centro de salud de Palencia. Su experiencia ha moldeado su forma de ejercer. “Sé que hay que explicarles todo lo posible y hablar con los pacientes, y tener toda la empatía del mundo”.
A veces comparte su historia, pero con prudencia. “Depende de cada caso… Yo les puedo decir que lo he pasado muy mal, pero si me comparo con otros casos peores, no les ayuda en nada”.
Ha aprendido a vivir desde la aceptación. “No puedes pensar que vas a salir igual que estabas, hay que saber aceptar tu nueva realidad… así disfrutarás de las cosas positivas que te lleguen en la vida”.
La historia de Gonzalo Calderón no es solo la de alguien que ha sobrevivido al cáncer en múltiples ocasiones. Es la de alguien que ha decidido vivir, una y otra vez, pese a todo. Y, como él mismo resume, lo que más ha aprendido del cáncer es que “un día completamente anodino es un gran día”.
Fuente: 20minutos.es

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