Parece una maldición… pero no lo es. Lo que vive el Ecuador no es obra del destino, es el resultado de años —demasiados años— de malas decisiones, de políticos mediocres, y de una cultura permisiva frente a la corrupción. Porque seamos claros: no es casualidad que, gobierno tras gobierno, aparezcan los mismos vicios. El poder convertido en botín. La política usada como negocio. Y el país… relegado a segundo plano.
Aquí no se gobierna para servir, se gobierna para servirse. Y lo más grave no es solo la corrupción —que ya es indignante— sino la mentalidad que la sostiene. Una clase política sin moral, sin ética, sin principios. Con hambre… pero no de progreso, sino de saqueo. Con ambición… pero no de construir, sino de arrasar.
Nos han querido vender la pobreza como si fuera virtud. Nos hablan de “igualdad”, pero lo que realmente promueven es igualarnos hacia abajo.
Nos llenan de resentimiento, de división, de envidia… porque un pueblo enfrentado entre sí es más fácil de manipular. Y cuando alguien propone algo tan básico como educación financiera, como enseñarle a la gente a administrar, a crecer, a salir adelante… saltan las voces del atraso.
¿Por qué molesta tanto que el ciudadano aprenda?
¿Por qué incomoda que el pobre deje de ser pobre?
Porque un pueblo informado piensa.
Y un pueblo que piensa… no se deja engañar.
La historia reciente de América Latina lo ha demostrado una y otra vez: mientras más dependiente es la gente, más fácil es controlarla. Se le mantiene en la necesidad, pero se le alimenta con discursos de esperanza. Una esperanza vacía, reciclada en cada elección.
Pero hoy el problema va más allá. Ahora, cualquiera aparece de la nada, sin trayectoria, sin preparación, sin méritos… y se lanza como candidato. Como si gobernar fuera un juego. Como si dirigir una ciudad o un país no requiriera capacidad, experiencia y carácter.
No es ingenuidad. Es estrategia. Son los llamados “candidatos relleno”, los “chimbadores”, los que fragmentan el voto, los que confunden, los que diluyen la voluntad popular para que, al final, gane alguien con un voto duro mínimo… 15%, 20%… suficiente para capturar el poder, pero jamás para representar al país.
Y mientras tanto, en las sombras, algo aún más peligroso avanza: Las mafias.
Sí, las mafias que ya no solo operan en las calles, sino que buscan el control político. Que financian campañas, que compran candidaturas, que ponen alcaldes, concejales, prefectos… como piezas de ajedrez al servicio del crimen.
No invierten por ideología. Invierten para dominar. Para convertir las instituciones en herramientas de impunidad. Para blindarse. Para expandirse. Y eso, simplemente, no se puede permitir.
Porque cuando el crimen organizado entra a la política, la democracia deja de existir. Se convierte en una fachada. Aquí es donde el ciudadano tiene que despertar.
El voto no es un trámite. No es una obligación más. Es una herramienta de poder. Y cada voto mal dado… tiene consecuencias. Consecuencias que se traducen en inseguridad, en pobreza, en falta de oportunidades, en hospitales sin medicinas, en escuelas sin futuro, en ciudades abandonadas.
El Ecuador no necesita más salvadores de discurso fácil. Necesita ciudadanos responsables. Que investiguen. Que cuestionen. Que no se dejen seducir por la improvisación ni por el populismo.
Porque al final del día, el verdadero poder no está en los políticos… Está en quien los elige. Y si seguimos eligiendo mal, no será una maldición lo que nos condene… Será nuestra propia indiferencia.
Fernando Salazar, es Ingeniero Comercial y Licenciado en Comunicación Social, Director de Radio Colosal y periodista del Informativo En el ojo de la Tormenta

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